Esta semana nos vamos muy lejos. En concreto a las islas Svalbard, un archipiélago noruego situado al norte de este país y al este de Groenlandia, en el océano Ártico. Este lugar que vemos en la imagen es la entrada de la Bóveda del Fin del Mundo. Es un banco mundial de semillas, almacenando más de un millón. El objetivo es salvaguardar la diversidad alimentaria para la humanidad en caso de catástrofe o apocalipsis. Con este banco de semillas la civilización empezaría de nuevo y se garantizaría la supervivencia humana.
Y si es tan importante, ¿por qué construirlo en el fin del mundo? Su aislamiento lo protegería en caso de guerra generalizada en el planeta y, además, si fallasen los sistemas eléctricos, la capa de permafrost (suelo helado) que domina en las islas mantendría las semillas bajo cero en todo momento, asegurando la conservación de las semillas por mucho tiempo (se calcula que para subir a cero grados el suelo necesitaría de unos 200 años).
Tiene mil metros cuadrados repartidos en tres almacenes y está construido a prueba de erupciones volcánicas, terremotos de hasta diez grados en la Escala de Richter, radiación solar e incluso bombas. Además, se garantiza que el suelo esté siempre seco porque se sitúa a 130 metros de altitud respecto al nivel del mar. Y lo mejor es que aún está casi vacío: tiene algo más de un millón de semillas guardadas pero tiene capacidad para 4,5 millones.
Solo una vez se han requerido semillas guardadas: en 2015 Siria reclamó el duplicado de las semillas que había enviado porque, con su guerra civil, se habían perdido 148.000 variedades adaptadas a la aridez del territorio sirio. Por tanto, en caso de catástrofe global, los supervivientes tendrían que venir a esta Bóveda del Fin del Mundo (Doomsday Vault) para nada menos que comenzar de cero a reconstruir a la especie.


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