viernes, 16 de septiembre de 2016

La increíble historia del Monte Testaccio de Roma


Si algún día tenéis la oportunidad de pasear por la Ciudad Eterna, Roma, podéis ser testigos de un hecho bastante impresionante. Al sur del monte Aventino y justo al este del río Tíber se puede encontrar una pequeña colina llamada Monte Testaccio, es decir, el “monte de las Ánforas Rotas”. Como se puede ver en la fotografía de satélite inferior, parece una colina como otra cualquiera, es decir, de origen natural, pero como habréis podido suponer por su nombre, no es así. 

En realidad, el Monte Testaccio es los restos de un vertedero de basura creado por el ser humano en la Antigüedad, fragmentos rotos de hasta 53 millones de recipientes de aceite de oliva llamados ánforas. Hechos en cerámica, tenía cada una unos 60 litros de capacidad. 

Roma tenía en el siglo II d. C algo más de un millón de habitantes, cifras que no fueron superadas… ¡hasta el siglo XIX! Cada una de esas personas requería de víveres y, por ello, era imprescindible el transporte, almacenamiento y venta de diferentes productos. Entre ellos estaba el valioso aceite de oliva, el cual se produce en la cuenca mediterránea desde su exportación desde Grecia y Oriente a otras zonas como Italia o Hispania. Esta última, actuales España y Portugal, era la principal exportadora de aceite a Italia y a Roma. La mayoría de las ánforas que acabaron en el vertedero que hoy es esta colina procedían del sur de Hispania, zona que todavía hoy es una potencia mundial en producción de aceite. Según cálculos aproximados, cada año podían llegar a Roma nada menos que 20 millones de litros de aceite con usos de cocina, iluminación y limpieza. A esto se sumaban 100 millones de litros de vino y 250.000 toneladas de grano, todo ello desde fuera de Italia. 
 Los restos de las ánforas se pueden observar a simple vista en el monte. Su interior está compuesto por los millones de recipientes que aún forman la colina.

¿Por qué se desechaban las ánforas tras su primer uso? Porque no se podían reutilizar debido a que el aceite se filtraba en la cerámica y se volvía rancio. Así, se fueron acumulando los restos de las vasijas entre los siglos II y III d. C y, finalmente, el vertedero pasó a ser una auténtica colina que ha sobrevivido a los avatares de la Historia y permanece en Roma como recordatorio de lo que significó el Imperio que construyó y que marcó para siempre el devenir de los pueblos del Mediterráneo y sus alrededores. 

Bibliografía:

BEARD, Mary. SPQR. Una historia de la antigua Roma. Barcelona: Ed. Crítica, 2ª Edición, 2016. 

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