Si algún día tenéis
la oportunidad de pasear por la Ciudad Eterna, Roma, podéis ser testigos de un
hecho bastante impresionante. Al sur del monte Aventino y justo al este del río
Tíber se puede encontrar una pequeña colina llamada Monte Testaccio, es decir,
el “monte de las Ánforas Rotas”. Como se puede ver en la fotografía de satélite
inferior, parece una colina como otra cualquiera, es decir, de origen natural,
pero como habréis podido suponer por su nombre, no es así.
En realidad, el Monte
Testaccio es los restos de un vertedero de basura creado por el ser humano en
la Antigüedad, fragmentos rotos de hasta 53 millones de recipientes de aceite
de oliva llamados ánforas. Hechos en cerámica, tenía cada una unos 60 litros de
capacidad.
Roma tenía en el
siglo II d. C algo más de un millón de habitantes, cifras que no fueron
superadas… ¡hasta el siglo XIX! Cada una de esas personas requería de víveres
y, por ello, era imprescindible el transporte, almacenamiento y venta de
diferentes productos. Entre ellos estaba el valioso aceite de oliva, el cual se
produce en la cuenca mediterránea desde su exportación desde Grecia y Oriente a
otras zonas como Italia o Hispania. Esta última, actuales España y Portugal,
era la principal exportadora de aceite a Italia y a Roma. La mayoría de las
ánforas que acabaron en el vertedero que hoy es esta colina procedían del sur
de Hispania, zona que todavía hoy es una potencia mundial en producción de
aceite. Según cálculos aproximados, cada año podían llegar a Roma nada menos
que 20 millones de litros de aceite con usos de cocina, iluminación y limpieza.
A esto se sumaban 100 millones de litros de vino y 250.000 toneladas de grano,
todo ello desde fuera de Italia.
Los restos de las ánforas se pueden observar a simple vista en el monte. Su interior está compuesto por los millones de recipientes que aún forman la colina.
¿Por qué se
desechaban las ánforas tras su primer uso? Porque no se podían reutilizar
debido a que el aceite se filtraba en la cerámica y se volvía rancio. Así, se
fueron acumulando los restos de las vasijas entre los siglos II y III d. C y,
finalmente, el vertedero pasó a ser una auténtica colina que ha sobrevivido a
los avatares de la Historia y permanece en Roma como recordatorio de lo que significó
el Imperio que construyó y que marcó para siempre el devenir de los pueblos del
Mediterráneo y sus alrededores.
Bibliografía:
BEARD, Mary. SPQR. Una historia de la antigua Roma. Barcelona: Ed. Crítica, 2ª Edición, 2016.
Bibliografía:
BEARD, Mary. SPQR. Una historia de la antigua Roma. Barcelona: Ed. Crítica, 2ª Edición, 2016.



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