Subo las escaleras y los oigo. Son reconocibles metros
más abajo pero ya sé de qué se trata: gruñidos animales. Llego a mi destino y
comienzo a verlos: anchas espaldas, brazos como jamones y rostros de gladiador come-ajos
levantando decenas de kilos intentando mantener cuerpos como puertas. Y los
gruñidos animales surgiendo de sus gargantas.
No me paro a observar mucho más: ya conozco el panorama y mi presencia como
elemento curioso, junto a abuelas y otros como yo. Me dedico a hacer mis
ejercicios con calma, paciencia, aguantando que algún elemento gruñidero
acapare alguna máquina pensando que es el único ser vivo de la Galaxia o, al
menos, de la sala.
Acabo mi tabla y me dispongo a irme. Último vistazo
a la habitación, en la que los gruñidos animales continúan desde sus puestos y
con las mismas caras contorsionadas. De terror.
Fin.


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