A finales del
siglo XIX las potencias europeas ya habían dejado claras sus ansias de colonias
y el único continente que estaba aún casi completamente libre era África.
En los siglos
precedentes el continente más ansiado había sido América, en el que España y,
en menor medida Portugal, Gran Bretaña y Francia, habían tenido la voz
cantante. Sin embargo, desde que Estados Unidos se independizara en 1776 y las
colonias españolas y portuguesas se emanciparan en las primeras décadas del
siglo XIX, América había empezado a dirigir su propio destino con algunas
excepciones como las islas caribeñas y las Guayanas. El otro continente a
colonizar, Asia, era sede de culturas milenarias, muy rica y ansiada desde época
medieval. Pese a ello, la gran colonia asiática, la India, llevaba en manos
británicas desde el siglo XVIII, y el resto del territorio o se mantendría
neutral con obligación de beneficiar a los europeos y sus negocios (como China,
Afganistán y otros) o eran potencias por sí mismas (como Rusia o Japón). Lo demás,
Birmania, Indonesia, la Cochinchina y Oriente Próximo, ya estaban ocupados por
británicos, holandeses, franceses u otomanos.
Por tanto, a
mediados y finales de siglo solo quedaba África por colonizar. Este continente
en realidad estaba en gran parte inexplorado por los europeos. Solo se conocían
sus líneas costeras mientras que parte del interior, de las selvas ecuatoriales
y del desierto saharaui eran lugares incógnitos sobre los que llegaban noticias
lejanas y no siempre ciertas. Así, comenzó primero la exploración del interior
mediante expediciones que penetraron por los grandes ríos africanos, como el Níger
y el Congo. Esto sirvió para un primer contacto con los pueblos nativos y para
hacerse una idea de la enormidad continental. Además, contrariamente a la
creencia generalizada, África era también un continente rico en muchas zonas y
no montañoso y pobre como se creía anteriormente frente a la gran riqueza de América
y Asia.
Hay que
destacar que había zonas costeras en las que los europeos ya tenían
asentamientos. Los españoles llevaban siglos asentados en el norte de Marruecos
y en Canarias, y los portugueses tenían factorías en el golfo de Guinea y en
otras zonas del sur. Pero lo que se pretendía en el siglo XIX era mucho más que
eso: era repartirse el continente como una auténtica tarta y para hacer valer
sus derechos debían llegar antes a esos territorios que sus adversarios
colonialistas en una carrera no exenta de tensiones que motivaron la celebración de cumbres internacionales para limar asperezas entre potencias. Las más destacadas fueron la Conferencia de Berlín en 1884 y 1885, en la que se hizo efectivo el reparto del continente; y la de Algeciras en 1906 para frenar la crisis de Marruecos entre Francia y Alemania como prelegómeno de la Primera Guerra Mundial.
Por colores: británicas (rosado), francesas (azul), alemanas (verde azulado), italianas (verde), portuguesas (morado), belgas (amarillo), españolas (fucsia) y países independientes (gris). Las fronteras corresponden a los Estados actuales.
Gran Bretaña y
Francia eran las dos principales potencias del momento, en especial la primera,
ya que París había salido perjudicada de su derrota en las Guerras Napoleónicas.
Lo que intentaron ambas fue crear imperios gigantescos y continuos. En el caso
británico de norte a sur de África, desde sus asentamientos de Egipto (en régimen
de protectorado) hasta El Cabo, en Sudáfrica. Esta sería una enorme franja y
además la más rica del continente, lo que garantizaría su posición como
superpotencia mundial. Y casi lo consiguió ya que este imperio continuo solo se
vio interrumpido por el África Oriental Alemana (actual Tanzania) pero solo
hasta la Primera Guerra Mundial. Para compensar, los británicos poseyeron también
grandes enclaves en otras zonas, como Nigeria, Ghana, Sierra Leona, Gambia y el
norte de la actual Somalia. Era un gran imperio que le dio a finales del XIX
muchas complicaciones, especialmente en Sudán (con la rebelión del Mahdi) y en
Sudáfrica (con la guerra de los bóers). El dominio continental se vio
completado con un dominio marítimo por medio de bases navales con las que
controlaba el mar Mediterráneo, el golfo de Guinea y el mar Rojo además del
importante Canal de Suez, con el que se comunicaba la metrópoli de manera más rápida
con su imperio afroasiático.
En el caso
francés el intento fue crear un imperio de oeste a este del continente, pero
fracasó debido a que los británicos ocuparon antes Sudán. Los franceses tenían
bases ya en Senegal, en el oeste, y en la actual Djibuti, en el este. Unir ambos
extremos fue imposible y estuvo a punto de provocar una guerra de consecuencias
impredecibles cuando ambos ejércitos se encontraron en Sudán, la llamada crisis
de Fachoda. Finalmente, los franceses retrocedieron y Gran Bretaña completó la
ocupación de Sudán. A pesar de ello, los franceses tenían el segundo imperio en
extensión, aunque claramente menos rico: todo el Sahara, Argelia, Túnez, gran
parte de Marruecos, Gabón y el Congo francés, Costa de Marfil, Guinea,
Madagascar y Djibuti. Una gran extensión, por tanto, en la que los franceses
mimaron especialmente a su particular joya de la corona: Argelia, que se
convirtió en una colonia de poblamiento.
Mapa del continente africano en francés de alrededor de 1911.
Las demás
potencias llegaron más tarde al reparto y, por tanto, recibieron mucho menos
que las anteriores. Alemania e Italia, que habían completado sus propias
unificaciones en las décadas de 1870 y 1860 respectivamente, solo pudieron
hacerse con algunos enclaves y en ningún modo crear imperios continuos. Alemania
concretamente colonizó las actuales Tanzania (la espina de Gran Bretaña por
cortar su imperio continuo), Namibia, Camerún y Togo. Italia poseyó gran parte
de lo que hoy es Libia, Eritrea y casi toda Somalia hasta la Segunda Guerra
Mundial. Sus intentos codiciosos de conquistar Etiopía (entonces llamada
Abisinia) fracasaron y este país se mantuvo independiente hasta que fue ocupado
por la Italia de Mussolini en 1936. Etiopía fue, junto a Liberia, los dos únicos
países que lograron mantenerse neutrales cuando se dio el reparto. En el caso
de Liberia, era Estados Unidos el garante de su independencia como lugar a
donde iban emigrantes afroamericanos.
Las potencias
restantes eran menores: Bélgica, España y Portugal, pero aún así lograron
territorios reseñables. Portugal, gracias a su alianza con Gran Bretaña, mantuvo
territorios que ocupaba desde siglos antes y los afianzó, como Guinea
Portuguesa (actual Guinea Bissau) y Angola y Mozambique, grandes colonias en el
sur del continente que los portugueses intentaron unir inútilmente por la
ocupación británica de Rhodesia y otros puntos entre ambas. Esto se completaba
con las islas de Santo Tomé y Príncipe, en el golfo de Guinea, y de Cabo Verde.
Bélgica por su
parte tuvo solo una colonia, pero de un tamaño tan reseñable que la convertía
en una codiciada joya: el Congo Belga, actual República Democrática del Congo (quizá
estudiada en el colegio por los mayores de 35 años como Zaire). Era muy rica y
el mismo rey Leopoldo se convirtió en su dueño tras su conquista. Allí estableció
un reino de terror en el que se abusó gravemente de los nativos en un genocidio
que ocupa las peores páginas de la Historia de Bélgica. A la muerte de dicho
rey, dejó en herencia a Bélgica el territorio y la vida de los congoleños mejoró
progresivamente.
Para finalizar,
España intentó recomponerse en África de la pérdida definitiva de sus últimas
colonias ultramarinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense. Sin embargo, logró
solo migajas en el reparto y se le reconocieron derechos en el Sahara
Occidental, Guinea Ecuatorial y una parte de Marruecos. Mientras que con el
Sahara y Guinea no tuvo problemas, en el norte de Marruecos España se encontró
con un avispero. Era una zona pobre y sin intereses económicos pero con tribus
rifeñas que reaccionaron a la ocupación española de manera belicosa. La Guerra
del Rif duró hasta 1925 cuando las tribus rifeñas fueron definitivamente
derrotadas. Para la gestión de la parte marroquí, tanto España como Francia
crearon sendos protectorados, para permitir a los nativos controlar los asuntos
internos de Marruecos. Para más datos sobre el protectorado español en
Marruecos, recomiendo visitar un artículo de este blog al efecto: http://elblogdecesarmb.blogspot.com.es/2013/02/trabajo-sobre-el-protectorado-espanol.html
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