sábado, 5 de julio de 2014

El reparto de África



A finales del siglo XIX las potencias europeas ya habían dejado claras sus ansias de colonias y el único continente que estaba aún casi completamente libre era África.

En los siglos precedentes el continente más ansiado había sido América, en el que España y, en menor medida Portugal, Gran Bretaña y Francia, habían tenido la voz cantante. Sin embargo, desde que Estados Unidos se independizara en 1776 y las colonias españolas y portuguesas se emanciparan en las primeras décadas del siglo XIX, América había empezado a dirigir su propio destino con algunas excepciones como las islas caribeñas y las Guayanas. El otro continente a colonizar, Asia, era sede de culturas milenarias, muy rica y ansiada desde época medieval. Pese a ello, la gran colonia asiática, la India, llevaba en manos británicas desde el siglo XVIII, y el resto del territorio o se mantendría neutral con obligación de beneficiar a los europeos y sus negocios (como China, Afganistán y otros) o eran potencias por sí mismas (como Rusia o Japón). Lo demás, Birmania, Indonesia, la Cochinchina y Oriente Próximo, ya estaban ocupados por británicos, holandeses, franceses u otomanos.

Por tanto, a mediados y finales de siglo solo quedaba África por colonizar. Este continente en realidad estaba en gran parte inexplorado por los europeos. Solo se conocían sus líneas costeras mientras que parte del interior, de las selvas ecuatoriales y del desierto saharaui eran lugares incógnitos sobre los que llegaban noticias lejanas y no siempre ciertas. Así, comenzó primero la exploración del interior mediante expediciones que penetraron por los grandes ríos africanos, como el Níger y el Congo. Esto sirvió para un primer contacto con los pueblos nativos y para hacerse una idea de la enormidad continental. Además, contrariamente a la creencia generalizada, África era también un continente rico en muchas zonas y no montañoso y pobre como se creía anteriormente frente a la gran riqueza de América y Asia.

Hay que destacar que había zonas costeras en las que los europeos ya tenían asentamientos. Los españoles llevaban siglos asentados en el norte de Marruecos y en Canarias, y los portugueses tenían factorías en el golfo de Guinea y en otras zonas del sur. Pero lo que se pretendía en el siglo XIX era mucho más que eso: era repartirse el continente como una auténtica tarta y para hacer valer sus derechos debían llegar antes a esos territorios que sus adversarios colonialistas en una carrera no exenta de tensiones que motivaron la celebración de cumbres internacionales para limar asperezas entre potencias. Las más destacadas fueron la Conferencia de Berlín en 1884 y 1885, en la que se hizo efectivo el reparto del continente; y la de Algeciras en 1906 para frenar la crisis de Marruecos entre Francia y Alemania como prelegómeno de la Primera Guerra Mundial.
 Por colores: británicas (rosado), francesas (azul), alemanas (verde azulado), italianas (verde), portuguesas (morado), belgas (amarillo), españolas (fucsia) y países independientes (gris). Las fronteras corresponden a los Estados actuales.

Gran Bretaña y Francia eran las dos principales potencias del momento, en especial la primera, ya que París había salido perjudicada de su derrota en las Guerras Napoleónicas. Lo que intentaron ambas fue crear imperios gigantescos y continuos. En el caso británico de norte a sur de África, desde sus asentamientos de Egipto (en régimen de protectorado) hasta El Cabo, en Sudáfrica. Esta sería una enorme franja y además la más rica del continente, lo que garantizaría su posición como superpotencia mundial. Y casi lo consiguió ya que este imperio continuo solo se vio interrumpido por el África Oriental Alemana (actual Tanzania) pero solo hasta la Primera Guerra Mundial. Para compensar, los británicos poseyeron también grandes enclaves en otras zonas, como Nigeria, Ghana, Sierra Leona, Gambia y el norte de la actual Somalia. Era un gran imperio que le dio a finales del XIX muchas complicaciones, especialmente en Sudán (con la rebelión del Mahdi) y en Sudáfrica (con la guerra de los bóers). El dominio continental se vio completado con un dominio marítimo por medio de bases navales con las que controlaba el mar Mediterráneo, el golfo de Guinea y el mar Rojo además del importante Canal de Suez, con el que se comunicaba la metrópoli de manera más rápida con su imperio afroasiático.

En el caso francés el intento fue crear un imperio de oeste a este del continente, pero fracasó debido a que los británicos ocuparon antes Sudán. Los franceses tenían bases ya en Senegal, en el oeste, y en la actual Djibuti, en el este. Unir ambos extremos fue imposible y estuvo a punto de provocar una guerra de consecuencias impredecibles cuando ambos ejércitos se encontraron en Sudán, la llamada crisis de Fachoda. Finalmente, los franceses retrocedieron y Gran Bretaña completó la ocupación de Sudán. A pesar de ello, los franceses tenían el segundo imperio en extensión, aunque claramente menos rico: todo el Sahara, Argelia, Túnez, gran parte de Marruecos, Gabón y el Congo francés, Costa de Marfil, Guinea, Madagascar y Djibuti. Una gran extensión, por tanto, en la que los franceses mimaron especialmente a su particular joya de la corona: Argelia, que se convirtió en una colonia de poblamiento. 
 Mapa del continente africano en francés de alrededor de 1911.

Las demás potencias llegaron más tarde al reparto y, por tanto, recibieron mucho menos que las anteriores. Alemania e Italia, que habían completado sus propias unificaciones en las décadas de 1870 y 1860 respectivamente, solo pudieron hacerse con algunos enclaves y en ningún modo crear imperios continuos. Alemania concretamente colonizó las actuales Tanzania (la espina de Gran Bretaña por cortar su imperio continuo), Namibia, Camerún y Togo. Italia poseyó gran parte de lo que hoy es Libia, Eritrea y casi toda Somalia hasta la Segunda Guerra Mundial. Sus intentos codiciosos de conquistar Etiopía (entonces llamada Abisinia) fracasaron y este país se mantuvo independiente hasta que fue ocupado por la Italia de Mussolini en 1936. Etiopía fue, junto a Liberia, los dos únicos países que lograron mantenerse neutrales cuando se dio el reparto. En el caso de Liberia, era Estados Unidos el garante de su independencia como lugar a donde iban emigrantes afroamericanos.
Las potencias restantes eran menores: Bélgica, España y Portugal, pero aún así lograron territorios reseñables. Portugal, gracias a su alianza con Gran Bretaña, mantuvo territorios que ocupaba desde siglos antes y los afianzó, como Guinea Portuguesa (actual Guinea Bissau) y Angola y Mozambique, grandes colonias en el sur del continente que los portugueses intentaron unir inútilmente por la ocupación británica de Rhodesia y otros puntos entre ambas. Esto se completaba con las islas de Santo Tomé y Príncipe, en el golfo de Guinea, y de Cabo Verde.

Bélgica por su parte tuvo solo una colonia, pero de un tamaño tan reseñable que la convertía en una codiciada joya: el Congo Belga, actual República Democrática del Congo (quizá estudiada en el colegio por los mayores de 35 años como Zaire). Era muy rica y el mismo rey Leopoldo se convirtió en su dueño tras su conquista. Allí estableció un reino de terror en el que se abusó gravemente de los nativos en un genocidio que ocupa las peores páginas de la Historia de Bélgica. A la muerte de dicho rey, dejó en herencia a Bélgica el territorio y la vida de los congoleños mejoró progresivamente.

Para finalizar, España intentó recomponerse en África de la pérdida definitiva de sus últimas colonias ultramarinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense. Sin embargo, logró solo migajas en el reparto y se le reconocieron derechos en el Sahara Occidental, Guinea Ecuatorial y una parte de Marruecos. Mientras que con el Sahara y Guinea no tuvo problemas, en el norte de Marruecos España se encontró con un avispero. Era una zona pobre y sin intereses económicos pero con tribus rifeñas que reaccionaron a la ocupación española de manera belicosa. La Guerra del Rif duró hasta 1925 cuando las tribus rifeñas fueron definitivamente derrotadas. Para la gestión de la parte marroquí, tanto España como Francia crearon sendos protectorados, para permitir a los nativos controlar los asuntos internos de Marruecos. Para más datos sobre el protectorado español en Marruecos, recomiendo visitar un artículo de este blog al efecto: http://elblogdecesarmb.blogspot.com.es/2013/02/trabajo-sobre-el-protectorado-espanol.html .

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