lunes, 21 de marzo de 2016

La triste y mala suerte de Ucrania




 Bandera de Ucrania

Hay países que parece que, por desgracia, tienen muy mala suerte. Ucrania, del que vamos a hablar en este post, es uno de ellos. Su situación en Europa puede hacer pensar de primeras que, al menos, no tiene tan mala suerte como el África Subsahariana. Podemos considerar que es una mala suerte diferente, herencia de muchas décadas de penurias y, por supuesto, de un clima en el que nieva la mitad del año y hace la vida muy dura. 

Ucrania tiene una historia que se remonta a la Edad Media, cuando se comenzaron a formar los primeros Estados en Europa del Este con influencia del cristianismo ortodoxo, aunque en la Edad Moderna cayó bajo dominio de la pujante Rusia. En la Edad Contemporánea nunca fue un país independiente antes de la disgregación de la Unión Soviética en 1991. Sí lo había intentado en el caos de la Revolución de 1917, sin éxito. 

Así, Ucrania tuvo que sufrir el régimen soviético desde sus inicios. Se convirtió en una república dentro de la URSS, supuestamente autónoma pero que, en realidad, no decidía nada, quedando todas las decisiones relevantes en manos del Kremlin y del aparato central del Partido Comunista. La llegada de Stalin al poder inició una cruel dictadura que para Ucrania supuso una experiencia traumática: una hambruna entre 1932 y 1933 provocada por los soviéticos y que mató a 3,5 millones de ucranianos. Esta hambruna se originó por el proceso de colectivización forzosa realizado por el gobierno comunista. Los millones de fallecidos en Ucrania hacen que actualmente este horrible suceso sea llamado Golodomor (en ucraniano literalmente “matar de hambre”). 

Portada del periódico Daily Express, en la que trata la hambruna en Ucrania con el titular "El horror de Ucrania".


Pero este genocidio no fue el único que tuvieron que soportar los ucranianos en esos años. Solo una década después llegó la ocupación, breve pero muy cruenta, de Ucrania por los nazis, entre 1941 y 1943. Allí, los invasores hicieron cosas terribles: masacres de población de manera aleatoria, violaciones y destrucción de pueblos. La zona fue recuperada por los soviéticos y se inició una lenta reconstrucción. 

En los años 50 llegó la industrialización, sobre todo el este de Ucrania. La muerte de Stalin mejoró las cosas para los ucranianos y ciudadanos de otras repúblicas y se inició una época de crecimiento y mejora de la calidad de vida que, aún así, siguió estando muy por debajo de los estándares occidentales. 

Sin embargo, otra desgracia esperaba con los años, quizá la peor: la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en 1986. Uno de sus reactores explotó, liberando abundante radiación a la zona norte del país y a la vecina Bielorrusia debido al viento imperante esos días. Las ciudades más cercanas a la central fueron rápidamente evacuadas (Prípiat y Chernóbil, hoy ciudades fantasma) y la heroica intervención de los llamados liquidadores hizo que se pudiera frenar la expulsión de radiactividad. Sin embargo, el daño estaba ya hecho y esa región al norte del país ha quedado contaminada para los próximos 100.000 años y, obviamente, deshabitada. El problema con la central continúa: no se sabe cómo está reaccionando el material radiactivo en el interior del reactor (los demás reactores de la central fueron clausurados) y la única solución de momento es enterrarlo mediante un gigantesco sarcófago que estará listo el año que viene (el antiguo se está derrumbando por el desgaste de los años) y que en principio resistirá cien años más. 

La ciudad de Prípiat, que llegó a contar con 49.000 habitantes, actualmente está completamente abandonada.


Solo cinco años después de la catástrofe nuclear llegó la independencia de Ucrania y las demás repúblicas soviéticas ante el colapso de la URSS. Un sistema que había reprimido a sus ciudadanos durante sesenta años moría pero la democratización de estos países no iba a ser nada fácil y, de hecho, sigue siendo muy débil. En el caso de Ucrania, desde el principio el país se dividió entre los partidarios de europeizarse y los que preferían estrechar los lazos con Rusia, principal república de la antigua URSS y que pretendió desde el principio recuperar el imperio soviético, esta vez con una economía de mercado y con un supuesto sistema democrático que dista mucho de serlo.  

Así, Ucrania atravesó varios gobiernos hasta que ganaron las elecciones los pro occidentales de Yúschenko en 2005. Los pro rusos llegaron a intentar asesinarle envenenándole pero sobrevivió y fue presidente entre 2005 y 2010. Durante su mandato se acercó a la Unión Europea. Pese a esto, en las elecciones de 2010 volvieron al poder los pro rusos de Yanukóvich, quien se acercó a Putin y reprimió a la oposición. A finales de 2013 no firmó el acuerdo con la Unión Europea y se iniciaron fuertes protestas en la capital, Kiev, contra la tendencia pro rusa. A principios de 2014 las protestas se radicalizaron y exigieron el fin del gobierno de Yanukóvich, quien al final tuvo que huir a Rusia. Fueron liberados los opositores en prisión y se inició una transición. 

El problema es que Rusia no aceptó estos hechos y decidió, de manera unilateral, apoderarse de la península de Crimea, parte de Ucrania desde hacía décadas pero de población rusófona. Este hecho fue rechazado por Occidente pero no inició una guerra aunque sí un rebrote de la Guerra Fría que se mantiene hoy en día con Ucrania en el centro. Además, Rusia desestabilizó de manera más o menos directa regiones del este ucraniano más partidarias de acercarse a Rusia que el resto del país (Donetsk y Lugansk), que se secesionaron iniciando una guerra civil. 

Mapa con los conflictos iniciados en Ucrania en 2014: al sur Crimea, anexada rápidamente por Rusia y al este dos regiones secesionadas aún en guerra civil.


Por tanto, la mala suerte y las penurias no acabaron en Ucrania con la independencia sino que, por desgracia, continúa hoy en día sin que parezca que se atisbe una solución que permita vivir en paz a los ucranianos, que malviven en su mayoría con un PIB per cápita de unos 4000 dólares anuales.

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