sábado, 19 de marzo de 2016

El hecho diferencial de Madrid



Las capitales europeas suelen estar situadas en lugares estratégicos junto a un elemento indispensable para la vida humana: el agua. El agua es necesaria para abastecer a la población, por lo que en la inmensa mayoría de los casos las capitales se sitúan junto a ríos de importante caudal o en zonas costeras con, eso sí, ríos cercanos para su abastecimiento de agua dulce. En la actualidad los problemas con el agua son menores (se puede desalinizar el agua del mar o conducirla mediante grandes canalizaciones durante kilómetros) pero en el siglo XIX su carencia suponía un grave inconveniente para el devenir de toda ciudad. 

Fue el caso de Madrid, capital de España desde 1561 salvo en el pequeño lapso entre 1601 y 1605, cuando la corte se trasladó a Valladolid. A mediados del siglo XIX Madrid estaba creciendo de manera muy destacable y su población ya estaba desbordando los límites iniciales de la ciudad, delimitados por una pequeña muralla de tiempos de Felipe IV. Ello conllevaba un problema grave: que Madrid no se situaba (y sigue sin situarse) en las orillas de un gran río sino en un río de escaso caudal que sufre un fuerte estiaje en verano, como los demás ríos de la región: el Manzanares. 
 Vista satelital de Madrid (pinchar para ampliar). Se aprecia a la izquierda del casco urbano el río Manzanares.

Esta situación supone un hecho diferenciador con las otras capitales europeas que se sitúan en el interior pero sí en las orillas de ríos destacables. El motivo es que Madrid fue designada capital por Felipe II por su posición central, por ser ciudad sin influencia de la Iglesia y de la nobleza en la que el rey era el único señor, por tener una residencia real (el Alcázar) y por estar cerca del nuevo Monasterio de El Escorial y de bosques para la caza así como un ambiente fresco y agradable relativamente cerca de la sierra que a Felipe II le agradó. Sin embargo, sus recursos hídricos eran limitados y, mientras la población se situó en unos 100.000 habitantes o menos, fueron suficientes. 

Situación que contrasta con otras capitales que, por motivos históricos, fueron cabeza de sus Estados o grandes ciudades desde siglos antes de que Madrid adquiriera relevancia. Londres, capital primero de Inglaterra y luego de Gran Bretaña, se sitúa en las orillas de un río corto pero muy caudaloso por el clima oceánico en el que se encuentra: el Támesis. 
 Londres y el río Támesis. 

París, capital de Francia, se sitúa en el río Sena, también muy caudaloso por beneficiarse de las amplias lluvias del clima oceánico, como en el caso anterior de Londres.  
París surcada por el río Sena.

Más al norte Berlín, que no se convirtió en capital de una Alemania unificada hasta 1871 pero sí lo fue del reino de Prusia, también se beneficia de un clima continental pero que aún recibe precipitaciones destacables desde las borrascas del Atlántico. No se sitúa en un gran río como las anteriores pero los que la bañan sí son más caudalosos que los de Madrid. 
 Berlín es atravesada por los ríos Spree y Havel así como sus afluentes.

Al este, Moscú fue una de las grandes ciudades rusas aunque la capital fue mucho tiempo San Petersburgo, a orillas del mar Báltico. La actual capital rusa (desde la creación de la URSS) también se sitúa en un gran río, el Moscova, que da nombre a la ciudad. 
 Moscú surcada por el río Moscova.

Podría decirse hasta este punto que es lógico que estas ciudades tengan esos grandes ríos gracias a sus climas más húmedos que el de Madrid y así es, pero si vemos Roma, capital italiana desde 1870, podemos apreciar que también se sitúa en un río con caudal destacable, el Tíber, a pesar de tener un clima mediterráneo con su correspondiente sequía estival. Sin embargo, hay que aclarar que Roma recibe bastantes más precipitaciones que Madrid, que tiene un clima mediterráneo más seco. 
 Roma es atravesada por el río Tíber.

Así, Madrid a mediados del siglo XIX tenía pocas opciones: no podía impedir el crecimiento de su población así que, o se solucionaba el problema del agua o la capital de España tendría que ser otra ciudad. Esta última posibilidad se barajó y el gobierno planteó que Valladolid no tendría el problema de la falta de recursos hídricos. Efectivamente, en Valladolid hay más precipitaciones que en Madrid, el río que la atravesa, el Pisuerga, es relativamente caudaloso y, además, el Duero pasa muy cerca de la ciudad. 
 Valladolid, actual capital de la comunidad de Castilla y León, es surcada por el río Pisuerga, que confluye con el Duero al sur de la ciudad.

Sin embargo, la reina Isabel II no pareció muy dispuesta a mudarse a Valladolid y, finalmente, se apostó por buscar una solución  a la falta de agua en Madrid. En realidad, donde llueve menos y hay menos agua en la zona central y sur de lo que hoy es la Comunidad de Madrid, mientras que su sierra y áreas adyacentes tienen unas precipitaciones considerablemente mayores que llegan a superar los 1000 litros por metro cuadrado anuales en la sierra (por los alrededor de 420 de Madrid ciudad). Por tanto, ¿por qué no conducir toda esa agua hacia la capital mediante canalizaciones como ya hicieron en la Antigüedad los romanos con los acueductos? Y así se hizo mediante el Canal de Isabel II, llamado así por la reina que lo impulsó. Se construyeron los primeros embalses para almacenar el agua así como las primeras canalizaciones hasta la ciudad. Desde entonces este sistema se ha hecho más complejo con numerosos embalses repartidos por la sierra y por zonas más cercanas a la capital que abastecen a casi seis millones de madrileños de la ciudad y de su área metropolitana. Así, Madrid pudo seguir siendo la capital y, además, crecer de manera desorbitada en el siglo XX, ampliando el Canal a municipios cercanos que lo necesitasen. 

Construcción de un acueducto del Canal Isabel II en 1856.


Esto no significa que no pueda haber problemas de falta de agua. El Canal depende de la cantidad de precipitaciones y, en caso de sequía, sus niveles de agua almacenada descienden sin remedio, siendo necesario, por tanto, un ahorro del agua, líquido muy apreciado en la España seca.

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