Las capitales
europeas suelen estar situadas en lugares estratégicos junto a un elemento
indispensable para la vida humana: el agua. El agua es necesaria para abastecer
a la población, por lo que en la inmensa mayoría de los casos las capitales se
sitúan junto a ríos de importante caudal o en zonas costeras con, eso sí, ríos
cercanos para su abastecimiento de agua dulce. En la actualidad los problemas
con el agua son menores (se puede desalinizar el agua del mar o conducirla
mediante grandes canalizaciones durante kilómetros) pero en el siglo XIX su
carencia suponía un grave inconveniente para el devenir de toda ciudad.
Fue el caso de
Madrid, capital de España desde 1561 salvo en el pequeño lapso entre 1601 y
1605, cuando la corte se trasladó a Valladolid. A mediados del siglo XIX Madrid
estaba creciendo de manera muy destacable y su población ya estaba desbordando
los límites iniciales de la ciudad, delimitados por una pequeña muralla de
tiempos de Felipe IV. Ello conllevaba un problema grave: que Madrid no se
situaba (y sigue sin situarse) en las orillas de un gran río sino en un río de
escaso caudal que sufre un fuerte estiaje en verano, como los demás ríos de la
región: el Manzanares.
Vista satelital de Madrid (pinchar para ampliar). Se aprecia a la izquierda del casco urbano el río Manzanares.
Esta situación supone
un hecho diferenciador con las otras capitales europeas que se sitúan en el interior
pero sí en las orillas de ríos destacables. El motivo es que Madrid fue
designada capital por Felipe II por su posición central, por ser ciudad sin
influencia de la Iglesia y de la nobleza en la que el rey era el único señor,
por tener una residencia real (el Alcázar) y por estar cerca del nuevo
Monasterio de El Escorial y de bosques para la caza así como un ambiente fresco
y agradable relativamente cerca de la sierra que a Felipe II le agradó. Sin embargo,
sus recursos hídricos eran limitados y, mientras la población se situó en unos
100.000 habitantes o menos, fueron suficientes.
Situación que
contrasta con otras capitales que, por motivos históricos, fueron cabeza de sus
Estados o grandes ciudades desde siglos antes de que Madrid adquiriera
relevancia. Londres, capital primero de Inglaterra y luego de Gran Bretaña, se
sitúa en las orillas de un río corto pero muy caudaloso por el clima oceánico
en el que se encuentra: el Támesis.
Londres y el río Támesis.
París, capital de
Francia, se sitúa en el río Sena, también muy caudaloso por beneficiarse de las
amplias lluvias del clima oceánico, como en el caso anterior de Londres.
París surcada por el río Sena.
Más al norte Berlín,
que no se convirtió en capital de una Alemania unificada hasta 1871 pero sí lo
fue del reino de Prusia, también se beneficia de un clima continental pero que
aún recibe precipitaciones destacables desde las borrascas del Atlántico. No se
sitúa en un gran río como las anteriores pero los que la bañan sí son más
caudalosos que los de Madrid.
Berlín es atravesada por los ríos Spree y Havel así como sus afluentes.
Al este, Moscú fue
una de las grandes ciudades rusas aunque la capital fue mucho tiempo San
Petersburgo, a orillas del mar Báltico. La actual capital rusa (desde la
creación de la URSS) también se sitúa en un gran río, el Moscova, que da nombre
a la ciudad.
Moscú surcada por el río Moscova.
Podría decirse hasta
este punto que es lógico que estas ciudades tengan esos grandes ríos gracias a
sus climas más húmedos que el de Madrid y así es, pero si vemos Roma, capital
italiana desde 1870, podemos apreciar que también se sitúa en un río con caudal
destacable, el Tíber, a pesar de tener un clima mediterráneo con su
correspondiente sequía estival. Sin embargo, hay que aclarar que Roma recibe
bastantes más precipitaciones que Madrid, que tiene un clima mediterráneo más
seco.
Roma es atravesada por el río Tíber.
Así, Madrid a mediados
del siglo XIX tenía pocas opciones: no podía impedir el crecimiento de su
población así que, o se solucionaba el problema del agua o la capital de España
tendría que ser otra ciudad. Esta última posibilidad se barajó y el gobierno
planteó que Valladolid no tendría el problema de la falta de recursos hídricos.
Efectivamente, en Valladolid hay más precipitaciones que en Madrid, el río que
la atravesa, el Pisuerga, es relativamente caudaloso y, además, el Duero pasa
muy cerca de la ciudad.
Valladolid, actual capital de la comunidad de Castilla y León, es surcada por el río Pisuerga, que confluye con el Duero al sur de la ciudad.
Sin embargo, la reina
Isabel II no pareció muy dispuesta a mudarse a Valladolid y, finalmente, se
apostó por buscar una solución a la falta
de agua en Madrid. En realidad, donde llueve menos y hay menos agua en la zona
central y sur de lo que hoy es la Comunidad de Madrid, mientras que su sierra y
áreas adyacentes tienen unas precipitaciones considerablemente mayores que
llegan a superar los 1000 litros por metro cuadrado anuales en la sierra (por
los alrededor de 420 de Madrid ciudad). Por tanto, ¿por qué no conducir toda esa
agua hacia la capital mediante canalizaciones como ya hicieron en la Antigüedad
los romanos con los acueductos? Y así se hizo mediante el Canal de Isabel II,
llamado así por la reina que lo impulsó. Se construyeron los primeros embalses
para almacenar el agua así como las primeras canalizaciones hasta la ciudad. Desde
entonces este sistema se ha hecho más complejo con numerosos embalses
repartidos por la sierra y por zonas más cercanas a la capital que abastecen a
casi seis millones de madrileños de la ciudad y de su área metropolitana. Así,
Madrid pudo seguir siendo la capital y, además, crecer de manera desorbitada en
el siglo XX, ampliando el Canal a municipios cercanos que lo necesitasen.
Construcción de un acueducto del Canal Isabel II en 1856.
Esto no significa que
no pueda haber problemas de falta de agua. El Canal depende de la cantidad de
precipitaciones y, en caso de sequía, sus niveles de agua almacenada descienden
sin remedio, siendo necesario, por tanto, un ahorro del agua, líquido muy apreciado
en la España seca.








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