sábado, 7 de noviembre de 2015

El triste final de un rey



Es un rey de España que no es muy conocido debido a que su reinado fue relativamente corto, de 1746 a 1759. Se trata de Fernando VI, segundo hijo del rey Felipe V con su primera esposa, María Luisa de Saboya. Tras la muerte de su padre en 1746 le sucedió después de un reinado con altibajos por parte de un rey que en realidad no quería reinar. 

El nuevo monarca tuvo una infancia muy triste: ignorado por Felipe V, perdió a su madre muy pronto y la nueva esposa de su padre, Isabel de Farnesio, le intentó hacer la vida imposible. Por ello, no fue extraño que una vez convertido en rey apartase a Isabel de Farnesio a La Granja para evitar sus complots. 

Retrato del rey Fernando VI (Madrid, 1713-Villaviciosa de Odón, 1759).


Fernando VI revitalizó la Corte, era un hombre culto y que promovió las artes y letras junto con su esposa, Bárbara de Braganza, mujer poco agraciada pero cultísima (dominaba seis idiomas y era amante de la música) y muy querida por los españoles. Llevó a cabo una política de paz para evitar más guerras que desangraran más el país. El principal símbolo arquitectónico de su reinado fue la construcción del impresionante Convento de las Salesas Reales, en Madrid (actual sede del Tribunal Supremo). 

Lo que parecía que iba a ser un reinado relevante y reconocido en la Historia de España acabó bruscamente tan solo trece años después de su inicio. La reina Bárbara fallecía tras una larga agonía en 1758 en Aranjuez. El rey, que estaba totalmente enamorado de su esposa (lo cual era raro en una época en la que los matrimonios reales eran por puras cuestiones políticas), había estado con ella durante el empeoramiento de su salud. Quizá esa complicidad entre ambos se debió a que no pudieron tener hijos. 
 Retrato de la reina consorte Bárbara de Braganza (Lisboa, 1711-Aranjuez, 1758).

En cualquier caso, su muerte supuso que el rey, que ya había mostrado síntomas de inicio de una enfermedad que podía ser Alzheimer, perdiera completamente la razón. Ni siquiera acudió al entierro de su esposa, ya que salió de Aranjuez rumbo al castillo de Villaviciosa de Odón, al oeste de Madrid, en donde se pensó que podría mejorar ya que allí no había nada que pudiese recordarle la trágica pérdida que acababa de sufrir. 

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. A los pocos días su salud mental empeoró y entró en una situación de demencia: dejó de comer, comenzaron a darle ciertas manías y obsesiones, dejó de despachar los asuntos de Estado y empezó a mostrar una grave agresividad. Para calmarle le suministraron opio pero ni siquiera esa droga era suficiente para mantenerle tranquilo. 

Mordía los vasos, por lo que tuvieron que ponerle todos de plata para no cortarse. Comenzó a darse golpes contra las paredes. Tuvo varias crisis en las que intentó suicidarse e incluso pidió a su guardia un arma para ello. 

Finalmente, falleció tan solo un año después que su esposa. Fue un triste final para un rey que podía haber tenido un reinado relativamente próspero. Fue enterrado en el ya mencionado Convento de las Salesas Reales junto a la reina Bárbara, por lo que es uno de los pocos reyes de España (desde 1516) que no está enterrado en el Monasterio de El Escorial y el único que descansa en la capital. 

Mausoleo de Fernando VI en el Convento de las Salesas Reales en Madrid. Este mausoleo fue mandado construir por su hermano y sucesor, Carlos III.


 En un momento de lucidez, escribió su testamento en el que nombró como su heredero a su medio hermano, Carlos, que reinaría como Carlos III y sería uno de los mejores monarcas de nuestra Historia, como reveló el pesar con que le despidieron sus súbditos en Nápoles, en donde había sido rey hasta entonces.

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