Mariano Rajoy con su predecesor en la presidencia del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero
Que
Mariano Rajoy es un político atípico ya lo sabíamos antes de que llegara a la
presidencia del Gobierno. Por su profesión (es registrador de la propiedad) y
por su transversalidad a la hora de ocupar carteras en el gobierno de Aznar
(pasó por Administraciones Públicas, Educación, Interior y Presidencia antes de
ser vicepresidente) podíamos deducir que Rajoy no era un político al uso. De hecho,
sus predecesores tenían perfiles muy diferentes. Zapatero solo había sido
diputado antes de llegar a la presidencia, Aznar había sido presidente de
Castilla y León, González solo había sido diputado y Suárez había sido ministro
secretario general del Movimiento (el cual se ocupó de desmantelar), una cartera
sin competencias de gestión gubernamental. Tan solo Calvo-Sotelo, presidente
tras la dimisión de Suárez, había ocupado carteras ministeriales antes de
llegar a lo más alto.
Así,
Rajoy era en ese sentido una novedad pero pronto se vio cuál iba a ser su
estilo de gobierno: completamente diferente al de sus predecesores y bastante
parecido al del dictador Francisco Franco en su día (salvando la legitimidad de
las urnas). Rajoy, como Franco, sopesa mucho sus opciones y las valora
cuidadosamente antes de tomar decisiones. Se escuda en sus ministros antes de
afrontar las crisis e intenta mantener su gobierno sin apenas cambios. Es significativo
que su gobierno de diciembre de 2011 ha sido de los más largos de la democracia
sin cambiar ningún ministro (momento que llegó necesariamente cuando Cañete se
presentó a las elecciones europeas el pasado mayo). Rajoy es, en definitiva, un
conservador clásico, sin gusto por los cambios, las novedades y las aventuras. Ante
una crisis, espera y resiste esperando a que acabe la tempestad. Así lo ha
hecho ya varias veces: con la revelación de los papeles de su ex tesorero, Luis
Bárcenas, los cuales le implicaban directamente a él en el escándalo; con la
crisis económica (escudado en sus ministros económicos); con la crisis del Ébola;
con la crisis de Cataluña (la cual no parece que vaya a extinguirse como las
anteriores), etc.
"Pregonar a los cuatro vientos que “la crisis es Historia”, cuando sigue
habiendo una tasa de paro superior al 23 % muestra un optimismo desaforado que
difícilmente entendemos los ciudadanos"
Sin
embargo, en los últimos tiempos Rajoy está empezando a mostrar síntomas de “zapaterismo”.
Pregonar a los cuatro vientos que “la crisis es Historia”, cuando sigue
habiendo una tasa de paro superior al 23 % muestra un optimismo desaforado que
difícilmente entendemos los ciudadanos. Todo ello en un contexto en el que, si
bien España ha crecido en su PIB durante 2014, sus vecinos europeos se han
estancado, con la posibilidad de arrastrarnos sin remedio, como el presidente
bien sabe.
¿La
crisis es Historia, u otras formas de que un presidente del Gobierno pierda el
Norte? (eso si es que alguna vez supo dónde estaba).


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