miércoles, 31 de julio de 2013

Nacionalismos en Europa a finales del siglo XX



La caída de los regímenes comunistas de Europa del Este a finales de los 80 y principios de los 90 también afectó en Occidente. Las ganas de escapar del centralismo o de la responsabilidad que suponía la presencia de conciudadanos más pobres en otras provincias, hicieron que los Estados de Europa Occidental se vieran sometidos a cambios para salvaguardar la unidad nacional, como unas potentes descentralizaciones.

En España la tendencia centrífuga había comenzado con la Transición de la dictadura franquista a una democracia occidental. Una década después de dichos cambios, España estaba ya dividida en 17 comunidades autónomas, con diferentes grados de autonomía ya que hay comunidades con mayores competencias que otras. Las dos nacionalidades históricas con mayor peso y reivindicación, Cataluña y el País Vasco (Galicia también está en el grupo pero no tiene el mismo grado reivindicativo), se habían convertido casi en Estados propios dentro de España, con su propio idioma (sobre todo en Cataluña, donde en 1983 se elevó al catalán a la lengua prioritaria en la enseñanza), instituciones y órganos de gobierno. Cataluña en 1993 aportaba un quinto del PIB español, a ella iba a parar un cuarto de la inversión extranjera que recibía el país, con una capital boyante en esos años como era Barcelona (que albergó, con apoyo del gobierno de España, los Juegos Olímpicos de 1992). Además, la renta per cápita era alrededor de un 20 % por encima de la media nacional. Cataluña es uno de los Cuatro Motores para Europa, cuatro de las mayores regiones industriales del continente junto a Baden-Wurttemberg (Alemania), Lombardía (Italia) y Ródano-Alpes (Francia). 

 Cataluña y el País Vasco sobresalen en el conjunto de España en el apoyo a partidos nacionalistas. En la primera está en marcha un proceso soberanista para convocar un referéndum independentista en 2014.

El principal motivo del resentimiento catalán con el resto de España era y sigue siendo la sustancial contribución que la hacienda española espera de los catalanes. Todo ello en un momento en el que sentimiento de nación en el país estaba más bien reprimido después de casi cuarenta años de régimen altamente nacionalista. 

Así, se creó una vinculación entre autonomía, separatismo y democracia que en el caso del País Vasco llegó a extremos con la presencia de la banda terrorista ETA que en los 90 continuaba su trayectoria homicida. Además, mientras Cataluña prosperaba, en el País Vasco las viejas industrias quedaban desfasadas y en declive. Los nacionalistas vascos no lograron obtener el rédito suficiente: en 1998 muchos de los habitantes vascos procedían de otras zonas de España y solo un cuarto sabía hablar euskera. Además, en el País Vasco no sucedía (ni sucede) lo mismo que en Cataluña respecto a la solidaridad territorial al beneficiarse el territorio, al igual que Navarra, de un concierto fiscal.

Si en España la descentralización se había producido principalmente azuzada por recuerdos sombríos del pasado, en Italia era por motivos actuales. En ese país la disidencia territorial procedía de las zonas fronterizas del norte en las que en un principio (con la unificación en 1861) ni siquiera se hablaba italiano (más bien alemán, francés o esloveno). Para contentar a dichas zonas se les dio la autonomía: Valle de Aosta, Trentino-Alto Adigio y Friuli-Venecia Giulia. Estas zonas recibieron ayudas y en la década de 1990 estaban plenamente integradas en el continente europeo. Aunque los problemas por esa vía habían ido desapareciendo, a la par habían surgido nuevos sentimientos y las reivindicaciones del Piamonte, Umbría o Emilia Romaña eran tan consistentes como las de Cataluña o Galicia en España. Las regiones en las que se divide Italia son un espejismo, casi sin competencias excepto las autonomías ya mencionadas. La brecha entre el norte rico y el sur más pobre es cada vez mayor y apareció algo nuevo: el separatismo de los ricos. A finales de los 80 el PIB regional de Lombardía era de un 132 % de la media nacional mientras que en Calabria era solo un 56 %. Mientras que los servicios de la Italia del norte eran comparables a los de Francia o Reino Unido, los del sur se habían quedado atrás, muy atrás.

 En azul oscuro la considerada Padania, el norte rico e industrial de Italia. En azul más claro aparece la máxima extensión que se considera para Padania.

Así, surgió en esos años la Liga Norte que propugnaba como solución arrancar a Roma sus competencias fiscales, separarse del resto del país y, finalmente, lograr la independencia de Lombardía y sus vecinos (la apodada Padania) dejando que los “parásitos” se las arreglaran solos. El parecido con Cataluña, Eslovenia dentro de Yugoslavia o la República Checa respecto a Eslovaquia queda bastante claro. Sin embargo, a pesar del peso que llegó a tener la Liga Norte, nunca hubo riesgo de fragmentación real de Italia: paradójicamente se alió con la Forza Italia de Berlusconi, muy apoyada por los pobres del sur.

Lo mismo puede decirse de Francia donde el presidente Mitterrand emprendió una muy limitada descentralización en los 80. Entre las nuevas regiones ni siquiera Alsacia o el País Vasco francés, mostraron mucho interés en romper sus lazos con París. Solo la isla de Córcega asistió a la aparición de un movimiento separatista potente basado en razones lingüísticas e históricas. Sin embargo, el uso de la violencia por parte de grupos nacionalistas corsos hizo que solo lograran atraer a una minoría. 


 La peculiar bandera de Córcega

En Francia las regiones con más sentido de la diferencia, como la celta Bretaña o las montañas interiores del Languedoc, llevaban muchos años siendo dependientes de la generosidad de París por lo que los viejos nacionalistas bretones u occitanos no lograron nunca un apoyo resaltable.

Cuestión a parte era el Reino Unido. La periferia celta de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, a pesar de su dependencia de Londres, había iniciado un renacimiento cultural e identitario muy destacable. En Gales fue más bien cultural y se promocionó la lengua galesa en los medios y en la enseñanza. Solo las regiones del norte se acogieron realmente a las demandas de independencia que lanzaba el partido nacionalista Plaid Cymru. El sur urbano, muy bien comunicado con Inglaterra y con lazos fuertes con ella no se llegó a fiar nunca de los beneficios de una independencia. Aún así, actualmente el movimiento sigue vivo y el Plaid Cymru es uno de los principales partidos en Gales. 


Gales (en violeta), Escocia (anaranjado) y el Ulster (verde). Inglaterra tiene más de 50 millones de habitantes del total de 61 millones de Reino Unido.


Escocia era y sigue siendo un caso muy diferente. El Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés), en los 70 se convirtió en clave en la región superando a los conservadores y amenazando los feudos laboristas. Además, el nacionalismo escocés se benefició del descubrimiento de petróleo y gas en el Mar del Norte así como de las políticas regionales de la CEE. Escocia, unida a Inglaterra en 1707 por la Union Act, siempre ha sido un territorio aparte. La identidad propia residía, más que en motivos lingüísticos o religiosos (que aún así existen) en resentimiento con Londres. En 2014 hay un referéndum de independencia de Escocia que, según los sondeos, va a ser ajustado.

Asunto diferente fue el Ulster, un conflicto que databa de mucho tiempo atrás, separado por solo 80 kilómetros de Escocia. El patriotismo nacional de los protestantes del Ulster consistía, al contrario que los escoceses, de su deseo de permanecer a toda costa en el Reino Unido. El conflicto, cruento, consistía básicamente en, por un lado, el IRA Provisional que pretendía expulsar a las autoridades británicas e incorporarse a una Irlanda independiente y católica (el Éire independizado en 1922) y, por otro, de los unionistas protestantes y sus voluntarios paramilitares que pretendían mantener el statu quo existente con Londres desde hacía trescientos años. En los 90 ambos bandos se vieron obligados a ceder: las masacres de Bosnia y Kosovo produjeron la intervención extranjera e influyeron en la guerra del Ulster. Así, se llegó a los acuerdos de Viernes Santo, en abril de 1998. Dicho acuerdo dejó cabos sueltos pero finalizaba un conflicto de décadas. Actualmente, Irlanda del Norte posee su propio parlamento nacional pero el conflicto permanece abierto debido a pequeñas escisiones del IRA que, de vez en cuando, realizan atentados que recuerdan que el asunto no está cerrado.

Así, vemos que cuatro de los cinco grandes Estados de Europa Occidental (Francia, Reino Unido, España e Italia) tuvieron a finales del siglo XX tensiones y conflictos nacionalistas en mayor o menor medida. El quinto es una interesante excepción: Alemania. La ausencia de nacionalismos en el interior de la república germana no se debió a que no hubiera peculiaridades históricas, que las había y muchas, sino porque la Alemania posterior a los nazis era una república federal plenamente establecida.
Los länder, reproducciones de antiguos Estados (como Baviera) o entidades nuevas que combinaban repúblicas o Estados existentes en el pasado (como Renania del Norte-Westfalia o Baden-Württemberg), tenían una fuerte autonomía económica y administrativa en aspectos que inciden directamente en la población: educación, sanidad, cultura, televisión, medio ambiente, etc.

Y, para terminar este artículo, resaltar lo interesante de la ausencia de problemas en Alemania, un país grande, frente a la complejidad de un país pequeño como es Bélgica. Este país en los 90 era el único donde los cismas internos se asemejaron a los que estaban teniendo lugar entonces en el Este postcomunista.
El motivo de esta profunda división fue que en esa década las industrias de Valonia habían caído en una profunda decadencia y casi habñian desaparecido sus puntuales: las minas de carbón, acerías y metalúrgicas. A la vez, el antaño empobrecido Flandes estaba en auge. En las décadas anteriores la economía flamenca se había reconvertido y crecía cada año más de un 5 %. Ciudades como Amberes o Gante crecieron y florecieron incluso en los 80, una década de menor crecimiento económico. La lengua neerlandesa había pasado a ser más utilizada que el francés. En suma, Bélgica tenía todos los elementos para separarse: una antigua división territorial, reforzada por diferencias lingüísticas y sustentada en acusados contrastes económicos. En los años 60 llegó a haber conflictos en la universidad cuando estudiantes flamencos de Lovaina se enfrentaron a los valones, que finalmente se desplazaron hacia el sur fundando una nueva universidad. Esto es solo un ejemplo de hasta dónde llegó la tensión entre ambas comunidades. 

 Regiones de Bélgica: Flandes (amarillo), Bruselas (rojo) y Valonia (verdes).

La solución, aunque no ha resuelto el problema, fue dividir el país en tres regiones: Flandes al norte y Valonia al sur y la capital,  Bruselas, por otro lado y bilingüe. Cada una tiene su propio parlamento. Luego hay tres comunidades lingüísticas: la neerlandesa en Flandes y Bruselas, la francófona en Valonia y Bruselas, y la germanoparlante en Valonia oriental, junto a la frontera alemana (unos 65.000 hablantes). Cada una de estas comunidades también tiene su propio parlamento. Para mantener el equilibrio, el gobierno debe tener un número equilibrado de carteras de habla neerlandesa y francesa y el primer ministro debe ser bilingüe.
En resumen, Bélgica ya no es un Estado sino varios solapados y duplicados lo que ha causado varios conflictos, el más reciente un año sin gobierno estable en el país por las diferencias entre comunidades.

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