domingo, 7 de julio de 2013

La bandera de la República



No se puede pensar sin imágenes, dijo Aristóteles. Es cierto. Los símbolos que nos rodean, especialmente las banderas, condicionan nuestras emociones mucho más de lo que parece. Si un deportista que gana el campeonato mundial se envuelve en la bandera española, no solo nos parece bien sino que, en la medida que sea, nos enorgullece. Pero que a nadie se le ocurra llevar esa misma bandera a una manifestación del 15-M. Ahí la que se lleva es la tricolor. Siento gran simpatía por la bandera republicana, pero me temo que más que movilizar hacia la República del futuro, está suponiendo un freno para mucha gente que la identifica con cierta idea de vuelta atrás, hacia una época que todos nos empeñamos en olvidar. Si hemos desterrado de nuestras vidas la simbología fascista, no tiene mucho sentido que reivindiquemos el futuro desempolvando fotos en blanco y negro o cantando A las barricadas a la menor ocasión. Necesitamos nuevos símbolos a todo color, en alta definición y sin connotaciones negativas para nadie.

La República, como sistema político moderno basado en la igualdad ante la ley, en la libre elección de los representantes públicos, en la separación y control de los poderes del Estado, en la práctica del respeto y la tolerancia es, inevitablemente, nuestro futuro. No deberíamos retrasar su llegada a banderazos. La tricolor representa a la Segunda República Española y sus nostálgicos o simpatizantes tienen todo el derecho a lucirla cuando y donde quieran. Pero ni fue esa la bandera de la Primera República de 1873, ni tiene por qué ser símbolo de la República Española del futuro. No me importaría nada que la bandera de la República Española fuese la misma que lucía Fernando Alonso en Montmeló, o la selección de fútbol en Sudáfrica. Eso sí: sin la coronita ni el toro de Osborne.

Artículo de opinión de Carlos Oliva en El País (18 de mayo de 2013)

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