Artículo
diario El País 17/12/12
Los
arqueólogos que trabajan en la tumba del primer emperador de China, Qin
Shihuang, conocen bien los sentimientos de frustración y temor que provoca
estar frente al mayor descubrimiento de la era moderna... y no poder tocarlo.
“Es como tener un regalo empaquetado en casa, saber que dentro está lo que más
ansías, y no poder abrirlo”, comenta uno de los técnicos.
No
es para menos. El mausoleo del hombre que unificó el Imperio del Centro se mantiene
intacto desde hace más de 2.200 años en el interior de una pirámide de tres
pisos y 76 metros de altura, cubierta de tierra y preservada por un complejo
sistema de drenaje. Aunque no se sabe en qué condiciones se encuentran los
cuerpos del emperador y de su corte, y uno de los responsables de las
excavaciones de los guerreros de terracota, Duan Qingbo, considera que se
habrán podrido; escritos antiguos detallan cómo su interior esconde tesoros de
valor incalculable que seguramente se han mantenido en tan buen estado como las
6.000 estatuas encontradas hasta ahora. Pero los libros también describen
trampas que podrían dificultar la apertura de la cripta.
Los
científicos, que este mes han dado con un conjunto de 10 edificios que abarcan
690 metros de largo y 250 metros de ancho, no se pronuncian al respecto, pero
los indicios podrían confirmar un mito que bien podría justificar una nueva
entrega de Indiana Jones. Se ha encontrado gran cantidad de mercurio
que, según los expertos, podría haber sido utilizado para simular ríos dentro
del palacio y que, ahora, por su toxicidad, resultaría especialmente nocivo
para quien entrase.
Además,
los planos que han dibujado los arqueólogos chinos usando avanzadas técnicas de
volumetría subterránea hacen pensar que el complejo funerario, cuya
distribución tampoco está clara, guarda todo tipo de sorpresas desagradables,
incluidas flechas que se dispararían solas. A juzgar por el revestimiento de
cromo encontrado en las que portan algunas de las figuras descubiertas hasta
ahora, historiadores como Guo Zhikun, uno de los principales estudiosos de la
tumba de Qin, aseguran que las armas podrían ser todavía totalmente
funcionales. “Los artesanos que construyeron las trampas pusieron ballestas de
forma que si algún saqueador entraba, fuese disparado inmediatamente”.
En
cualquier caso, el Gobierno no quiere correr ningún riesgo y se niega a
conceder todavía los permisos para investigar la pirámide y el palacio de Qin.
Pekín considera que no existe tecnología suficientemente avanzada como para
asegurar que el interior no se vea afectado con la apertura, y prefiere esperar
al momento adecuado. Entre carcajadas, los técnicos de las excavaciones
reconocen que no les gustaría ser los primeros en entrar. “A saber lo que hay ahí
dentro”.
Donde
sí continúan las excavaciones es en las cuatro gigantescas naves habitadas por
miles de figuras ancestrales. Allí, cada poco tiempo los arqueólogos
desentierran, con el mimo propio de una madre y la precisión de un cirujano,
nuevas esculturas que todavía se esconden en el subsuelo. Sucedió en junio,
cuando desenterraron 120 figuras de soldados, acróbatas y trovadores, que
acompañan a Qin en un mausoleo que parece no tener fin.
Un
campesino dio por casualidad con el primero de los yacimientos en 1974 y, desde
entonces, los arqueólogos han dejado al descubierto más de 6.000 figuras, todas
ellas diferentes, de un total estimado en unas 8.000. Pero el ejército de
terracota es solo la punta del iceberg de uno de los mayores descubrimientos de
la era moderna, y continúa el debate sobre lo que realmente se oculta bajo el
suelo.
Incluso
hay quien duda que las figuras representen a hombres de guerra. Jiu Jiusheng,
historiador y estudioso del conjunto, aseguró en un informe que se trata de
sirvientes, guardaespaldas, y parte de la corte del sanguinario emperador.
Teorías, sin duda, no faltan. De momento, según los expertos, lo único seguro
es que Qin mandó construir su tumba poco después de hacerse con la corona del
país, y en ella pretendía continuar disfrutando de los privilegios del
emperador incluso en el más allá.
Y
vaya si lo ha conseguido. A pesar de que el tiempo es un enemigo formidable,
como atestiguan las heridas que han sufrido muchos de los soldados y de los
caballos que ya han visto la luz decapitados o tullidos, sorprende el buen
estado en el que se han conservado las figuras. En las últimas que han sido
desenterradas incluso se ha salvado gran parte del color original, un hecho que
otorga aún mayor realismo a un ejército que, 2.200 años después de haber
recibido tal misión, continúa guardando los restos del padre de China. También
sigue, por cierto, aportando una fuente sin fin de ingresos.
No
importa cuántas veces se hayan visto en fotografías. Al natural, los guerreros
de terracota de Xi’an ponen la piel de gallina y bien valen los casi 20 euros
de la entrada.Lo que más impacta es la sensación de presenciar un yacimiento
arqueológico que está vivo, y que posiblemente no revele todos sus secretos
jamás. Definitivamente, hace falta que vaya un Indiana Jones del siglo XXI.


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