Esta semana el Congreso de los
Diputados decidió por unanimidad aprobar cambios en la educación pública,
derogando el decreto del año 2012 que establecía que las ratios de alumnos por
aula (es decir, el número de estudiantes en la clase) se pudiesen incrementar
notablemente, resultando en aulas hacinadas y un empeoramiento evidente de la
calidad educativa.
Por otro lado, el
decreto de 2012 también incrementó el número de horas lectivas a los profesores
y permitió que, cuando un docente necesitase una baja, no fuese sustituido
hasta más de diez días después, lo que perjudicaba al alumnado y, de nuevo a la
calidad educativa.
Han tenido que pasar
seis años para que un nuevo gobierno decida sepultar esos graves recortes en
educación: se reducirán las ratios, que actualmente son de hasta 35 alumnos en
secundaria y hasta 30 en primaria; los profesores de baja serán sustituidos de
manera inmediata por otro docente y los profesores tendrán menos horas lectivas
a la semana (por debajo de 20), permitiéndonos una mejor preparación de nuestras
clases.
Ahora mismo, los profesores
de la enseñanza pública tenemos aulas que superan claramente su capacidad
inicial: de los grupos a los que imparto clase, dos de ellos tienen 30 o más
alumnos y los otros tres tienen entre 28 y 29. La atención a nuestros
estudiantes se hace muy difícil en esas circunstancias y, desde luego, es casi
imposible que sea personalizada: simplemente son demasiados chicos y chicas, lo
que influye también en aspectos como la disciplina.
Estas cifras son
desorbitadas para primaria y secundaria, pero si vemos ya las ratios de
Bachillerato directamente entramos en una demencia: puede haber hasta casi 40
alumnos por aula, prácticamente niveles universitarios.
El ex ministro de Educación en el gobierno de Rajoy, José Ignacio Wert, llegó a asegurar que la masificación de las aulas era positiva para la socialización de los niños.
Los recortes no solo
han afectado a las ratios, sino también a los materiales y espacios. En mi instituto hay tantos alumnos que hasta se han tenido que habilitar aulas de usos conjuntos como aulas-clase para grupos que, si no, no tendrían espacio.
Por otro lado, la implantación
de ordenadores, pizarras inteligentes y otros aparatos realmente útiles para la
enseñanza de cualquier asignatura ha sufrido un parón que solo con ir a visitar
un instituto se puede contrastar: no todas las clases tienen ordenador y los
profesores debemos desempeñar nuestra labor con una metodología de hace veinte
años. Esto no sería necesario si hubiera voluntad política de crear una
enseñanza pública de calidad.
El alumnado actual está educado con la tecnología y no tiene sentido que esta no exista en las aulas.
El problema, sin embargo,
es ese. El gobierno del Partido Popular no apostó en ningún momento por la
enseñanza pública (ni por la sanidad ni los servicios públicos en general). Su ideología
conservadora y neoliberal plantea que los ciudadanos hagamos frente a nuestros
gastos por nuestra cuenta siguiendo el modelo de otros países como Estados
Unidos y alejándose del modelo socialdemócrata que ha imperado en Europa
Occidental desde hace décadas, consistente en garantizar unos servicios
públicos para toda la ciudadanía, sin que ello suponga un perjuicio a aquellas
personas que opten por servicios privados.
Ahora a nivel nacional
ha habido un cambio de partido en el gobierno, pero una buena parte de las
medidas en cuanto a servicios sociales están reservadas a las comunidades
autónomas y, en mi caso, a la Comunidad de Madrid, que debe ser la que ponga en marcha estas medidas que reviertan esos injustos recortes.
Esta lleva gobernada
por el Partido Popular desde el año 1995. Varios presidentes han pasado desde
entonces: Alberto Ruiz-Gallardón (1995-2003), del que no hay escándalos de
momento debido a su gestión como presidente de la comunidad (aunque sí por su
gestión como alcalde de la capital); Esperanza Aguirre (2003-2012), principal
responsable del deterioro de la educación y sanidad públicas en Madrid al
primar el modelo concertado y reducir fondos al sector público; Ignacio
González (2012-2015), delfín de Aguirre y fiel seguidor de sus políticas
destructoras, además de corrupto reconocido y condenado a prisión en 2017;
Cristina Cifuentes (2015-2018), que comenzó a mejorar tímidamente los servicios
públicos, aunque manteniendo la primacía de lo concertado, dimitida este año
por el escándalo de su máster y sus rivalidades internas; y el actual, Ángel
Garrido, heredero de Cifuentes y continuador de sus políticas.
Así, vemos una
trayectoria política en la Comunidad de Madrid de declive a la par que agresiva
con el modelo de educación pública, en el que nunca han creído. Por ello, con
este artículo de opinión comienzo una larga precampaña hasta las elecciones
autonómicas de mayo de 2019. En las mismas se decidirá si este modelo agresivo
para con los derechos de una mayoría de la población se mantiene o si, por el
contrario, se abre la puerta a que haya un cambio político después de 20 años
de gobierno ininterrumpido de un mismo partido.
Y, para ello, la
neutralidad es casi imposible: hay que implicarse decididamente, contrastando
propuestas desde el respeto, pero también firmeza, para demostrar a nuestros
conciudadanos que el mejor modelo para todos es aquel que garantice que la
mayoría pueda tener acceso a la mejor educación sin que sea de pago. En definitiva,
contrastar una vez más la moral y los principios al poderoso dinero.




Desde TAcna-Perú, tenemos problemas en Educación técnica para pobres: https://filosofodetacna.blogspot.com/2013/04/educacion-peruana-capacitacion-laboral.html
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