Decididamente, en
España no aprendemos. Un aspecto que debe suscitar la unión clara y sin fisuras
de toda la ciudadanía y de los partidos políticos como es el recuerdo y
homenaje a las víctimas del terrorismo se convierte en un cruce vergonzoso de
acusaciones entre dirigentes y formaciones políticas que al resto de los
españoles nos sonrojan.
En los últimos días
se ha producido polémica debido a que se recuerda el veinte aniversario del
horrible secuestro de un joven concejal vasco, Miguel Ángel Blanco, por parte
de la banda terrorista ETA. Los etarras, finalmente, asesinaron cruelmente a
Blanco. Dicho así podría parecer que se trató de uno de los muchos crímenes de
ETA, como parece que han argumentado Unidos Podemos y sus organizaciones afines,
pero el caso de Miguel Ángel Blanco fue especial.
En los años 90 España
era una excepción en Europa Occidental junto a Reino Unido. Ambos sufrían
violentos ataques terroristas en su territorio por parte de organizaciones de
carácter nacionalista que pretendían que una parte del país (Euskadi y
Navarra en España e Irlanda del Norte en Reino Unido) se desgajara del resto. En
el caso norirlandés con la diferencia de que el objetivo del IRA era integrarse
en la República de Irlanda, mientras que ETA quería la independencia total de
lo que ellos llaman Euskal Herria.
En 1997 prácticamente
acababa de darse un cambio de gobierno en España. Después de casi catorce años
de gobierno socialista, en 1996 ganó las elecciones la derecha y José María
Aznar se convirtió en presidente del gobierno. ETA, en su miopía y
empecinamiento en mantener el terror, no había sabido entender la diferencia
entre una dictadura (la de Franco) y la democracia en la que se había convertido
España desde finales de los 70. Los partidos vascos sin excepción (incluida
Herri Batasuna, considerada brazo político de los terroristas) podían
presentarse a las elecciones con propuestas muy diferentes en un clima de
competencia electoral. Pero esto daba igual a ETA, que mantuvo los llamados
años de plomo durante los 80, mantenidos en los 90 aunque a un menor ritmo de
atentados.
En esta circunstancia
tan difícil en el País Vasco fue en la que vivió Miguel Ángel Blanco. Se atrevió
a pertenecer a un partido, el PP, que en el País Vasco nunca ha sido demasiado
fuerte ante la existencia del PNV, también conservador aunque nacionalista
vasco. Un PP cuyos militantes estaban bajo permanente amenaza de ETA, junto a
los socialistas, ya que eran considerados traidores a Euskadi al pertenecer a
partidos de ámbito nacional. La militancia, así, o se hacía en silencio ante
las amenazas y el desprecio de los vecinos, o se hacía con el aliento negro de
ETA en la nuca.
Blanco consiguió ser
concejal en su ciudad natal, Ermua, en las elecciones municipales de 1995. Sus padres
eran de origen humilde y, antes de empezar a trabajar como economista tras
haber estudiado Ciencias Económicas en la Universidad del País Vasco, había
trabajado como albañil junto a su padre. Así, compaginó su trabajo con el acta
de edil en Ermua.
Blanco hacía su vida
de manera rutinaria, dedicándose a trabajar y a ir y venir desde su domicilio,
lo que facilitó su secuestro por los etarras. Además, no era una figura demasiado
conocida sino un concejal raso, por lo que no contaba con protección.
Previamente a su
secuestro, había sido liberado el funcionario de prisiones José Antonio Ortega
Lara después de pasar 532 días encerrado en un zulo por los terroristas. Estos habían
decidido abandonarlo para que muriera de hambre pero, por suerte, la Guardia
Civil le encontró y liberó, deteniendo además a los etarras responsables. Esto irritó
a ETA, que decidió responder.
Tres fueron los
terroristas que se ocuparon de raptar a Blanco. Tras un primer intento
frustrado el 9 de julio de 1997, al día siguiente sí lograron localizarle
cuando bajaba del tren para acudir a trabajar a Ermua. El joven concejal pasaba
a estar secuestrado por la banda, que rápido dejó claras sus intenciones:
mediante un comunicado exigió al gobierno de España el acercamiento al País
Vasco de todos los presos etarras o, en caso contrario, asesinarían a Blanco.
Ningún gobierno, ni
de derechas ni de izquierdas, podía aceptar ese chantaje de la banda
terrorista. Si hubiese accedido habría habido más secuestros y más chantajes,
quedando atado el gobierno a la voluntad de los asesinos. Además, el plazo que
ETA dio para desplazar a los presos era inviable, ya que ellos mismos sabían
que el gobierno no iba a aceptar.
Pero entonces ocurrió
algo con lo que ETA no contaba: la ciudadanía respondió. Y no solo en Madrid,
Barcelona, Valencia, Sevilla y otras muchas ciudades españolas sino en el mismo
Euskadi. Los vascos ya estaban hartos de vivir con la violencia como eterna
compañía. Estaban hartos de salir en las noticias por coches-bomba continuos,
por extorsiones, por violencia callejera o, simplemente, por el miedo que se
respiraba. Así, los vascos también mayoritariamente protestaron por el
secuestro y exigieron la liberación de Blanco.
Sin embargo, ETA no
estaba dispuesta a demostrar que había perdido el apoyo o la indiferencia de la
mayoría de la sociedad vasca. Y no quiso echarse atrás. El día que cumplía el
ultimátum al gobierno, 12 de julio, en un descampado en Lasarte-Oria, los
terroristas obligaron a Blanco a arrodillarse y le descerrajaron dos tiros en
la cabeza. En su crueldad infinita, aun sabiendo que Miguel Ángel seguía vivo,
le abandonaron hasta que fue encontrado por dos hombres. A pesar de ser enviado
rápidamente al hospital, no se pudo hacer nada para salvar su vida y Miguel
Ángel Blanco falleció al día siguiente.
Con lo que no pudo
acabar ETA fue con lo que se llamaría Espíritu de Ermua, la unidad de la mayor
parte de la sociedad y de los partidos contra el terror. ETA ese día comenzó a
morir aunque todavía no lo supiese. El rechazo de la sociedad vasca y la lucha
de los cuerpos de seguridad lograron que la banda, viéndose sola y sin
recursos, acabase por cesar su actividad en 2011 y entregar el armamento que le
quedaba en 2017. ETA ha sido derrotada aunque queda su completa disolución,
acabando con cincuenta años de terror.
Pero, volviendo al
inicio del artículo, los partidos españoles no aprenden. Unos, intentan
instrumentalizar a las víctimas, lo cual es repugnante…y otros distinguen entre
ellas o minimizan el asesinato de un joven lleno de vida (solo tenía 29 años)
al considerarlo una víctima más de ETA, cuando, para su desgracia, no lo fue,
ya que fue la víctima que supuso el principio del fin de ETA. Y eso también es
repugnante. Respetemos y recordemos a todas las víctimas, teniendo en cuenta la
Historia y sus repercusiones.


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