miércoles, 12 de julio de 2017

20 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco




Decididamente, en España no aprendemos. Un aspecto que debe suscitar la unión clara y sin fisuras de toda la ciudadanía y de los partidos políticos como es el recuerdo y homenaje a las víctimas del terrorismo se convierte en un cruce vergonzoso de acusaciones entre dirigentes y formaciones políticas que al resto de los españoles nos sonrojan. 

En los últimos días se ha producido polémica debido a que se recuerda el veinte aniversario del horrible secuestro de un joven concejal vasco, Miguel Ángel Blanco, por parte de la banda terrorista ETA. Los etarras, finalmente, asesinaron cruelmente a Blanco. Dicho así podría parecer que se trató de uno de los muchos crímenes de ETA, como parece que han argumentado Unidos Podemos y sus organizaciones afines, pero el caso de Miguel Ángel Blanco fue especial. 

En los años 90 España era una excepción en Europa Occidental junto a Reino Unido. Ambos sufrían violentos ataques terroristas en su territorio por parte de organizaciones de carácter nacionalista que pretendían que una parte del país (Euskadi y Navarra en España e Irlanda del Norte en Reino Unido) se desgajara del resto. En el caso norirlandés con la diferencia de que el objetivo del IRA era integrarse en la República de Irlanda, mientras que ETA quería la independencia total de lo que ellos llaman Euskal Herria.

En 1997 prácticamente acababa de darse un cambio de gobierno en España. Después de casi catorce años de gobierno socialista, en 1996 ganó las elecciones la derecha y José María Aznar se convirtió en presidente del gobierno. ETA, en su miopía y empecinamiento en mantener el terror, no había sabido entender la diferencia entre una dictadura (la de Franco) y la democracia en la que se había convertido España desde finales de los 70. Los partidos vascos sin excepción (incluida Herri Batasuna, considerada brazo político de los terroristas) podían presentarse a las elecciones con propuestas muy diferentes en un clima de competencia electoral. Pero esto daba igual a ETA, que mantuvo los llamados años de plomo durante los 80, mantenidos en los 90 aunque a un menor ritmo de atentados. 

En esta circunstancia tan difícil en el País Vasco fue en la que vivió Miguel Ángel Blanco. Se atrevió a pertenecer a un partido, el PP, que en el País Vasco nunca ha sido demasiado fuerte ante la existencia del PNV, también conservador aunque nacionalista vasco. Un PP cuyos militantes estaban bajo permanente amenaza de ETA, junto a los socialistas, ya que eran considerados traidores a Euskadi al pertenecer a partidos de ámbito nacional. La militancia, así, o se hacía en silencio ante las amenazas y el desprecio de los vecinos, o se hacía con el aliento negro de ETA en la nuca. 

Blanco consiguió ser concejal en su ciudad natal, Ermua, en las elecciones municipales de 1995. Sus padres eran de origen humilde y, antes de empezar a trabajar como economista tras haber estudiado Ciencias Económicas en la Universidad del País Vasco, había trabajado como albañil junto a su padre. Así, compaginó su trabajo con el acta de edil en Ermua. 

Blanco hacía su vida de manera rutinaria, dedicándose a trabajar y a ir y venir desde su domicilio, lo que facilitó su secuestro por los etarras. Además, no era una figura demasiado conocida sino un concejal raso, por lo que no contaba con protección. 

Previamente a su secuestro, había sido liberado el funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara después de pasar 532 días encerrado en un zulo por los terroristas. Estos habían decidido abandonarlo para que muriera de hambre pero, por suerte, la Guardia Civil le encontró y liberó, deteniendo además a los etarras responsables. Esto irritó a ETA, que decidió responder. 

Tres fueron los terroristas que se ocuparon de raptar a Blanco. Tras un primer intento frustrado el 9 de julio de 1997, al día siguiente sí lograron localizarle cuando bajaba del tren para acudir a trabajar a Ermua. El joven concejal pasaba a estar secuestrado por la banda, que rápido dejó claras sus intenciones: mediante un comunicado exigió al gobierno de España el acercamiento al País Vasco de todos los presos etarras o, en caso contrario, asesinarían a Blanco. 

Ningún gobierno, ni de derechas ni de izquierdas, podía aceptar ese chantaje de la banda terrorista. Si hubiese accedido habría habido más secuestros y más chantajes, quedando atado el gobierno a la voluntad de los asesinos. Además, el plazo que ETA dio para desplazar a los presos era inviable, ya que ellos mismos sabían que el gobierno no iba a aceptar. 

Pero entonces ocurrió algo con lo que ETA no contaba: la ciudadanía respondió. Y no solo en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y otras muchas ciudades españolas sino en el mismo Euskadi. Los vascos ya estaban hartos de vivir con la violencia como eterna compañía. Estaban hartos de salir en las noticias por coches-bomba continuos, por extorsiones, por violencia callejera o, simplemente, por el miedo que se respiraba. Así, los vascos también mayoritariamente protestaron por el secuestro y exigieron la liberación de Blanco. 

Sin embargo, ETA no estaba dispuesta a demostrar que había perdido el apoyo o la indiferencia de la mayoría de la sociedad vasca. Y no quiso echarse atrás. El día que cumplía el ultimátum al gobierno, 12 de julio, en un descampado en Lasarte-Oria, los terroristas obligaron a Blanco a arrodillarse y le descerrajaron dos tiros en la cabeza. En su crueldad infinita, aun sabiendo que Miguel Ángel seguía vivo, le abandonaron hasta que fue encontrado por dos hombres. A pesar de ser enviado rápidamente al hospital, no se pudo hacer nada para salvar su vida y Miguel Ángel Blanco falleció al día siguiente. 

Con lo que no pudo acabar ETA fue con lo que se llamaría Espíritu de Ermua, la unidad de la mayor parte de la sociedad y de los partidos contra el terror. ETA ese día comenzó a morir aunque todavía no lo supiese. El rechazo de la sociedad vasca y la lucha de los cuerpos de seguridad lograron que la banda, viéndose sola y sin recursos, acabase por cesar su actividad en 2011 y entregar el armamento que le quedaba en 2017. ETA ha sido derrotada aunque queda su completa disolución, acabando con cincuenta años de terror. 

Pero, volviendo al inicio del artículo, los partidos españoles no aprenden. Unos, intentan instrumentalizar a las víctimas, lo cual es repugnante…y otros distinguen entre ellas o minimizan el asesinato de un joven lleno de vida (solo tenía 29 años) al considerarlo una víctima más de ETA, cuando, para su desgracia, no lo fue, ya que fue la víctima que supuso el principio del fin de ETA. Y eso también es repugnante. Respetemos y recordemos a todas las víctimas, teniendo en cuenta la Historia y sus repercusiones.

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