Sede de FET y de las JONS en la calle Alcalá, antes y después de la retirada del símbolo del partido (yugo y flechas) durante la Transición.
El día 20 de abril de 1937 muchos falangistas se
tuvieron que quedar helados. En Burgos, capital de los sublevados durante la
Guerra Civil, se publicaba el Decreto de Unificación, que suponía la creación
del que sería el único partido legal durante la dictadura franquista: Falange
Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FET
de las JONS).
Franco tuvo una ventaja primordial para lograr su
triunfo y mantener un régimen hasta su muerte: tenía un ejemplo reciente de
cómo no hacer las cosas, el de la dictadura de Miguel Primo de Rivera
(1923-1930), militar como él pero que no tuvo la ventaja de tener un
precedente.
Así, Franco desde el primer momento tuvo claro que
en el nuevo Estado él debía ser la única cabeza (Primo de Rivera tenía al Rey
por encima), y por ello nunca permitió restablecer la monarquía (a pesar del
apoyo de los monárquicos en la guerra). Por otro lado, era necesario crear un
partido único que consiguiese ideologizar a la población al estilo nazi y
fascista pero, al contrario que estos, que no le hiciera sombra. Así, se apoyó
en el partido Falange (muy pequeño durante la II República) y lo obligó a
fusionarse con los carlistas, de carácter tradicionalista y muy diferente al de
los falangistas tanto en su concepción de España como en el aspecto social.
Sin embargo, si había voces discrepantes con esta
forzada unificación, fueron acalladas rápidamente. En plena Guerra Civil no
había espacio para la disensión dentro del bando sublevado, y el nuevo partido
sería el único permitido durante toda la dictadura.
El único que podía haber hecho sombra al liderazgo
de Franco fue José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador y fundador de
Falange Española. Sin embargo, fue apresado por los republicanos y fusilado al
inicio de la contienda, haciendo un favor a Franco sin querer. Desde ese
momento, el dictador aprovechó para utilizar la figura de Primo de Rivera como
un mártir (se le apodó “el ausente”) y se le enterró en el Valle de los Caídos
con todos los honores, junto a la que posteriormente sería también la tumba de
Franco.
En el Decreto de Unificación, breve y conciso, se
especificó que los ciudadanos que tuvieran el carnet de afiliado de Falange
Española o de Comunión Tradicionalista pasarían automáticamente a ser afiliados
de la nueva formación, que se abría a recibir más solicitudes.
Y el Decreto terminaba de forma rotunda: “quedan
disueltas las demás organizaciones y partidos políticos”. Y así fue, al acabar
la guerra quedaban todos los partidos ilegalizados durante más de 36 años y no
volvería a haber elecciones generales hasta 1977. Mientras, el partido único
(que tras la derrota de los fascismos en la II Guerra Mundial se renombró
interesadamente como Movimiento Nacional) perdió peso a favor de la Iglesia,
los tecnócratas y, cómo no, los omnipresentes militares que, al fin y al cabo,
eran los verdaderos camaradas del Caudillo.


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