La imagen de esta
semana tiene tiznes árabes, y es que he elegido el monumento español más
visitado cada año: la Alhambra.
Aunque hay
otros patios más conocidos en ese complejo palaciego, sede del emir de Granada
durante siglos, como el Patio de los Arrayanes y, sobre todo, el de los Leones,
he preferido mostrar El Partal, uno de los lugares más románticos de Granada.
Con la
conquista de los reinos de taifas vecinos en época de Fernando III de Castilla,
Granada quedó arrinconada pero sobrevivió doscientos años más, hasta 1492,
cuando su último emir, Boabdil, rindió la ciudad tras diez años de guerra
contra los Reyes Católicos. Su supervivencia se debió a varios factores
destacando la riqueza de sus vegas que le hacían autoabastecerse en buena
medida y además pagar a Castilla un canon como Estado vasallo, la división de
Castilla y la sucesión de conflictos que le impedían fijarse en Granada, y la
ayuda de los benimerines, pueblo que residía en el norte de África pero que
nunca llegó a ocupar la Península, como sí habían hecho en el pasado los almorávides
y los almohades.


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