El presidente Suárez acude en ayuda de Gutiérrez Mellado durante el golpe de Estado del 23-F
Hace
dos días falleció el Presidente. Y lo pongo en mayúsculas porque Adolfo Suárez
González (Cebreros (Ávila), 1932-Madrid, 2014) fue el director de la gran
orquesta que fue la Transición, una reforma que hizo que España transitase en
solo dos años y medio de un régimen autoritario a un sistema democrático al
celebrarse elecciones generales libres el 15 de junio de 1977.
Suárez
había iniciado su carrera política durante el Franquismo, primero de manera
local, luego provincial y, finalmente, llegando a su máxima responsabilidad
durante el régimen franquista, director general de RTVE. Esa carrera, como
estos días señalan muchos de sus críticos, fue dentro del partido único,
Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Suárez era uno de los llamados
“reformistas azules”, es decir, estaban en Falange pero apostaban por cambios
en España ante el hecho palpable que suponía un régimen dictatorial en plena
Europa Occidental. Con la muerte de Franco en noviembre de 1975, el rey Juan
Carlos asumió la jefatura del Estado y formó nuevo gobierno. En él Suárez se
integró como ministro secretario general del Movimiento, es decir, jefe del
todavía partido único.
Ese
gobierno, presidido por Arias Navarro, se vio incapaz de asumir la rapidez que
se requería para las reformas hacia la democracia y el rey, finalmente, hizo
dimitir a Arias Navarro y, con ayuda de Torcuato Fernández Miranda, presidente
de las Cortes, escogió de una terna de nombres al nuevo presidente en julio de
1976: Adolfo Suárez. Éste no perdió el tiempo y comenzó un plan arriesgado pero
inteligente para una transición pacífica (aunque por desgracia no sin sangre,
pues los atentados de la ultraderecha, ETA y GRAPO fueron continuos) mediante
una reforma del régimen que fuera “de la ley a la ley”, por lo que apostaba por
una tercera vía en vez de por las apuestas reaccionarias (los que querían que
el Franquismo continuara sin Franco) y revolucionarias (un cambio radical hacia
una república popular).
Así,
Suárez y su gobierno elaboraron la Ley para la Reforma Política, de iure la
última de las Leyes Fundamentales del Franquismo. Por esta ley, el régimen se
hacía un auténtico harakiri, ya que disolvía las Cortes franquistas y convocaba
elecciones para el próximo año. El mayor riesgo de ese plan, por tanto, era que
dichas Cortes, en las que había elementos muy reaccionarios, se negaran a
aprobar la Ley para la Reforma Política ya que Suárez sabía que el referéndum
al respecto sería aprobado por los españoles, que querían cambios. No es de
extrañar que, cuando finalmente las Cortes aprobaron la ley, la cara de Suárez
reflejara un gran alivio. El régimen desaparecía desde dentro.
El
diciembre de 1976 los españoles aprobaban por referéndum de manera muy amplia
la ley: 94.17 % a favor con una participación muy alta, del 77.8 %.
Quedaba,
pues, abierta la puerta a las elecciones para Cortes Constituyentes y, en los
meses posteriores, Suárez maniobró de cara a esas elecciones legalizando los
partidos. El punto más arriesgado fue la legalización del Partido Comunista,
temiéndose una reacción virulenta de parte del ejército. Sin embargo, la
legalización, aunque fue acogida fríamente, solo provocó la dimisión del
ministro de Marina. Las elecciones quedaban plenamente legitimadas con la
participación de los comunistas.
Por
su parte Suárez participó también en las elecciones como candidato por una
coalición de diversos elementos democristianos, socialdemócratas, conservadores
y de otra índole llamada Unión de Centro Democrático. En las elecciones de
junio de 1977 UCD obtuvo la victoria por mayoría relativa después de una
campaña intensa y en la que Suárez brilló con su famoso discurso televisado del
“Puedo prometer y prometo”, como así hizo. Prometió una nueva Constitución
consensuada entre las diversas fuerzas políticas, y así se hizo.
Y
es que Suárez, con 166 escaños de UCD, podría haber sumado a la Alianza Popular
de Manuel Fraga (franquismo sociológico aunque no ultra) y haber redactado una
constitución de centro-derecha, pero sin embargo apostó por el consenso para la
redacción de una constitución de todos, algo que nunca antes había ocurrido en
la Historia de España. Así, en la ponencia de redacción hubo miembros de UCD,
del PSOE, del PCE, de AP y de los nacionalistas catalanes. Se ideó un nuevo
modelo territorial para la siempre compleja España: un sistema autonómico
semejante al pensado en la II República pero con cierta inspiración en los
sistemas federales europeos, pues otorga amplia autonomía a cada comunidad. En
este sentido, Suárez legalizó la Generalitat de Cataluña rápidamente dándosele
prioridad, junto al País Vasco, Galicia y Andalucía. Las demás comunidades
serían creadas después de su mandato.
La
Constitución abordó temas complejos y su redacción se prolongó hasta finales de
1978, cuando primero las Cortes y luego los españoles la aprobaron. En las
Cortes solo los más extremistas se opusieron a ella y en el referéndum fue
aprobada por el 88.54 % de los votantes con una participación del 67.11 %.
España
ya era una democracia en todos los sentidos y, de hecho, muchos historiadores
consideran que la Transición acabaría aquí, pero yo personalmente considero que
se prolonga al menos hasta 1982, con la victoria por mayoría absoluta del PSOE.
Una
vez ratificada la Constitución las Cortes Constituyentes ya habían hecho su
labor y Suárez convocó nuevas elecciones generales para comenzar la I
Legislatura de la nueva democracia. En la convocatoria de marzo de 1979 Suárez
volvió a ganar aumentando ligeramente su resultado de 1977, con 168 escaños
para UCD quedando el PSOE con 121, principal partido de la oposición desde las
anteriores elecciones.
A
partir de ese momento comenzaron las fuertes dificultades para Suárez. Unos
Felipe González y Alfonso Guerra que deseaban llegar muy rápido al gobierno,
junto a muchas conspiraciones dentro de UCD acabaron con el gobierno de Suárez
en solo dos años a pesar de los éxitos políticos evidentes. Además, tuvo que
superar una moción de censura del PSOE en 1980. Así, en enero de 1981 Suárez
dimitió anteponiendo los intereses de España a los personales (“Me voy con el
convencimiento de que este comportamiento es el que mi patria me exige en este
momento […] yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez
más, un paréntesis en la historia de España”).
Sin
embargo, a Suárez aún le quedaba por demostrar una última vez su entereza como
presidente del Gobierno cuando el 23 de febrero, en la investidura de
Calvo-Sotelo como su sucesor, se dio un golpe de Estado que tuvo como principal
protagonista el secuestro del Congreso por un grupo de guardias civiles
dirigidos por Antonio Tejero. Durante la entrada a la cámara baja, los guardias
civiles dispararon sus armas al techo y el vicepresidente Gutiérrez Mellado se
enfrentó con los guardias civiles, acudiendo Suárez en su ayuda. Durante los
disparos, ambos, junto a Carrillo en su escaño, permanecieron desafiantes y no
se ocultaron, siendo ampliamente admirados desde entonces. El golpe fracasó con
la intervención del rey y días después se consumó la dimisión de Suárez como
presidente. UCD se disgregó definitivamente en el año posterior y Suárez creó
un nuevo partido, el Centro Democrático y Social, para las siguientes elecciones
generales de 1982.
En
dichas elecciones obtuvo un resultado muy malo, solo dos escaños, pudiendo
mantener su escaño por Madrid. En 1986 volvió a presentarse logrando que el CDS
se convirtiera en el tercer partido del país, pero fue algo solo momentáneo,
pues Alianza Popular fue fortaleciéndose asumiendo elementos centristas y se
convirtió en la única alternativa grande al PSOE. Así, en 1991 el CDS sufrió un
descalabro en las elecciones municipales y Suárez dejó la presidencia del
partido y la política activa.
Los
reconocimientos a su labor no llegaron hasta mediados de la década de 1990 y
fueron lentos pero paulatinos llegando a su cénit al otorgársele el premio Príncipe
de Asturias de la Concordia de 1996. En los 2000 su figura fue ganando
reconocimiento… justo cuando su memoria comenzó a apagarse por el Alzheimer,
después del duro golpe de perder a su esposa por el cáncer y a su amigo Gutiérrez
Mellado en los años previos. Enfermo, se retiró de la vida pública sin recordar
haber sido presidente del gobierno y su labor para España, que, ahora sí, es
recordada y reconocida con gratitud por la mayoría de los españoles.
Descansa
en paz, Presidente, y gracias por todo.


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