Aunque
el liberalismo se extendió y asentó en Europa durante todo el siglo XIX, el
derecho a voto, algo fundamental en el nuevo régimen, fue variable según la época.
Al principio se aceptó un voto censitario, es decir, solo podían votar
determinados individuos según una serie de requisitos, normalmente económicos,
aunque también estaban incluidos sexo (solo hombres), edad (hombres ya maduros)
y por ser padres de familia: en definitiva, podían votar muy pocas personas con
este tipo de sufragio. En algunos países se incluyeron también censuras
raciales: en Estados Unidos al principio solo podían votar los blancos.
Con
el paso de las décadas las reivindicaciones, sobre todo de los obreros y de las
mujeres, ampliaron el sufragio, primero universal, todos los hombres podrían
votar; y más tarde el voto femenino, para el cual se necesitaron más décadas y
que entrara bien el siglo XX. La imagen de esta semana la dedico a dos mujeres
sufragistas, que defendieron en su día un derecho tan elemental como el voto
que, en las democracias de la época, se le negaba a nada menos que la mitad de
la población.
La
concesión del sufragio femenino fue lenta: empezó en Nueva Zelanda en 1893,
seguido de Australia en 1902. En Europa el primero fue Finlandia en 1906
(entonces parte del Imperio Ruso). Sin embargo estos sufragios femeninos eran
restringidos. En Reino Unido por ejemplo se aprobó en 1918 pero solo podían
votar las mujeres de más de 30 años. En España el voto femenino en igualdad de
condiciones que el hombre tuvo que esperar hasta 1931, con la constitución de
la II República y en Francia hasta 1944.
Hoy
en día hay varios países que aún prohíben el voto femenino: Arabia Saudita y la
Ciudad del Vaticano, donde solo los cardenales pueden votar, todos ellos
hombres. En Líbano, Emiratos Árabes Unidos y Brunéi el derecho a voto de la
mujer es muy restringido y limitado (y en EAU y Brunéi también para los
hombres).


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