Es comúnmente
sabido que España es una potencia de segundo orden desde hace siglos y que, por
tanto, hemos buscado alianzas con otros países más fuertes, alianzas que han
ido variando a lo largo del tiempo de acuerdo a las circunstancias y a nuestros
intereses.
De esta manera
enlazo con el título de este post. Por cercanía geográfica, motivos históricos
o culturales España siempre ha tendido a mirar hacia el norte a la hora de
imitar formas de vida o de trabajo, entre otras. Gran Bretaña, Francia y Alemania
coinciden en su cultura occidental heredera de la Antigüedad clásica, el
judeocristianismo y la Ilustración, al igual que España. Por esa cercanía
cultural (y geográfica) la más cercana a nuestro país de esas tres naciones es
Francia, latina y mayormente católica.
FRANCÓFILOS
También
podríamos llamarlos afrancesados. Francia desde el siglo XVII superó a España
en influencia en Europa y, después de la Guerra de Sucesión, se tejió una
fuerte alianza entre ambas naciones por motivos dinásticos (ambos países tenían
a la dinastía Borbón en el trono). Dicha alianza se mantuvo durante todo el
siglo XVIII e influyó en España de manera cultural. Madrid se convirtió al fin
en una capital digna de un imperio durante el reinado de Carlos III, quien
imitó a París en la creación de amplios bulevares y monumentos. Además la
Ilustración tuvo mucha fuerza en Francia y se exportó al sur de manera evidente
aunque a veces con resistencias locales (recordamos el famoso Motín de
Esquilache).
A finales de
siglo Francia fue un terremoto con la Revolución y las relaciones con España se
vieron afectadas. El rey español, Carlos IV, temeroso de los cambios profundos
que se estaban dando en el país vecino, no supo reaccionar y primero apostó por
derrocar al nuevo régimen junto a otras naciones europeas. La derrota forzó a
España a cambiar su política y, ya con Napoleón como emperador francés, se hizo
aliada del país galo. Dentro de esa alianza se dio la dura derrota naval de
Trafalgar frente a Gran Bretaña. España así perdía casi toda su flota y sus
conexiones con su imperio colonial sentenciando así su futuro.
En 1808, por
el Tratado de Fontainebleau, las tropas francesas entraban en España para tomar
Portugal pero al final terminaron ocupando toda la Península. Comenzó la Guerra
de la Independencia en la que los odios a los franceses fueron muy profundos y
perduraron más de un siglo después (y aún hoy se recuerdan). Sin embargo, hubo
muchos españoles, sobre todo de clases altas e intelectuales) que apoyaron a
los franceses, que traían un nuevo régimen político y la Modernidad, frente al
oscurantismo y al absolutismo borbónico. Se les llamaba afrancesados, aunque
hoy diríamos francófilos, admiradores de Francia y sus tradiciones, idioma,
política, etc.
Durante el
siglo XIX España tuvo una relación cercana con Francia, y en ambos países se
dio un siglo muy convulso. En general se dio colaboración: en 1823 la Santa
Alianza acudió en ayuda del rey Fernando VII para restaurar su poder absoluto
enviando a los Cien Mil Hijos de San Luis, franceses. Ya en el reinado de
Isabel II fue curiosa la expedición a la Cochinchina, de la que Francia obtuvo
réditos coloniales pero España prácticamente nada.
A principios
del siglo XX la colaboración volvió con el reparto de Marruecos (eso sí, España
se quedó con la zona más pobre y Francia no permitió ni que mantuviera la
ciudad de Fez) y el posterior apoyo francés en la Guerra del Rif, en la que
España tuvo que enfrentarse a la insurrección de los rifeños para lo que contó
con el ejército francés.
Con la
República y la Guerra Civil Francia se vio en una tesitura. En el conflicto
español Francia debía ayudar a los republicanos por múltiples motivos:
compartían el Frente Popular izquierdista y eran democráticos, al menos en
principio. Sin embargo, la neutralidad clara de Gran Bretaña hizo que
finalmente la ayuda francesa a la República se limitase a pequeños envíos de
armas al principio de la contienda.
La II Guerra
Mundial y la rápida derrota de Francia hizo que en España Franco tuviera la
tentación de entrar en el conflicto para conseguir ampliaciones en lo que
quedaba de imperio colonial, aunque eso lo veremos con más detalle en la parte
referida a los germanófilos.
En épocas más
recientes Francia era para los españoles una tierra de inmigración, de
admiración por su clara superioridad económica y nivel de vida además de
costumbres mucho más liberales que la España nacionalcatólica. Con la
Transición a la democracia estas diferencias se fueron atenuando aunque en
España se sigue viendo a Francia como un país en general próspero y
progresista. Eso no quita que haya suspicacias hacia nuestros vecinos y no solo
por motivos históricos: en los años 80 el país galo fue el que más resistencias
puso a la entrada de España en la Comunidad Europea por temor a que ello
perjudicara a sus agricultores. Por otro lado, en las últimas décadas ha
destacado la colaboración entre ambos países frente al terrorismo de ETA, entre
otras áreas.
ANGLÓFILOS

Si las
relaciones con Francia han sido históricamente difíciles, con Gran Bretaña lo
han sido aún más. Durante el reinado de los Reyes Católicos primó la
colaboración para aislar precisamente a Francia pero con su bisnieto, Felipe
II, comenzaron los problemas: el intento de invadir la isla fracasó
estrepitosamente (la Armada Invencible sucumbió a los “elementos”). A partir de
ahí se inauguró una larga lista de conflictos que dura aún hoy. Destaca la
Guerra de Sucesión en la que Gran Bretaña apoyó al candidato Habsburgo en vez
de al Borbón francés. Tras esa guerra se firmó el Tratado de Utrecht, recordado
en España porque cedió Menorca y…Gibraltar. Mientras que la isla balear fue
recuperada a posteriori, el valor estratégico del peñón hizo que los británicos
lo mantuvieran en los siglos posteriores y aún hoy lo posean como colonia,
aunque con alto nivel de autogobierno. España desde entonces no ha parado de
reclamarlo, al considerarlo parte de su territorio nacional. Esto ha hecho que
las relaciones con Gran Bretaña hayan sido difíciles pero también ha habido
momentos de colaboración e incluso buena relación.
Después de
derrotar a España y Francia en Trafalgar, fueron los británicos quienes
acudieron a la Península Ibérica a combatir la ocupación francesa en la Guerra
de la Independencia. La conjugación de los ejércitos español, británico y
portugués derrotó a los franceses definitivamente. Sin embargo, la valoración
de esta coalición es diferente según el país: mientras que en España los
historiadores variamos entre la opinión de que la intervención británica fue de
mero apoyo a los ejércitos españoles o de que fue fundamental la colaboración
de ambos para derrotar a Francia (esta última es la que comparto yo), en Gran
Bretaña consideran en general que fueron ellos los que derrotaron a los
franceses con mero apoyo de los españoles (Peninsular War). Sea como fuere,
hubo colaboración necesaria.
En el siglo XX
las relaciones atravesaron diferentes momentos pero la neutralidad española en
la Primera Guerra Mundial acercó contactos entre ambos países. La Guerra Civil
hizo que Gran Bretaña fuese la principal impulsora de la no intervencionista en
la situación española beneficiando a medio plazo a Franco. En la Segunda Guerra
Mundial Gran Bretaña intentó insistentemente que España mantuviera la
neutralidad y no entrara en guerra junto al Eje, y lo consiguió. La combinación
de amenaza con cortar las importaciones a España de materiales que entonces
escaseaban en el país hispano, junto al soborno demostrado en diferentes
estudios de altos cargos militares españoles, hizo que al final Franco se
decidiera a no entrar en el conflicto mundial.
Sin embargo,
la relación entre ambos países llegaría pésimos momentos con el cierre de la
verja que separa Gibraltar de España en 1969. Ya durante la Guerra Civil,
aprovechando la situación española los británicos se habían apoderado del istmo
que une la roca con la península, un terreno que el Tratado de Utrecht no
incluía para Gran Bretaña.
El Peñón había
sido para el régimen franquista una bandera reivindicativa por su estatus de
colonia, en un momento de descolonización. Además, también servía a Franco para
centrar la atención de la población en un asunto que a él le interesaba. Así,
la verja estuvo cerrada completamente hasta 1982 pero el conflicto continuó. El
tráfico aéreo quedó bloqueado hasta 2006, las telecomunicaciones hasta 2007 y
la conexión marítima hasta 2009, es decir, hasta prácticamente ayer. Dejando de
lado Gibraltar las relaciones han sido fluidas y, con la entrada de España en
la Comunidad Europea en 1986, ambos países son aliados, además de por la OTAN.
Esto no ha
quitado que hayan desaparecido los problemas con Gibraltar. El año pasado hubo
un fuerte incremento de las tensiones entre las autoridades españolas y las del
Peñón debido al lanzamiento de bloques de hormigón por parte de los
gibraltareños en aguas consideradas por ellos como suyas. España, sin embargo,
esgrime que las aguas de Gibraltar se restringen al puerto debido a la
ocupación ilegal británica del istmo antes mencionada. Sin embargo, la tensión
con Reino Unido se redujo tras reunirse los ministros de Asuntos Exteriores de
ambas naciones, aunque la animadversión de los gobiernos de España y Gibraltar
sigue siendo evidente hoy.
En cualquier
caso, en España siempre ha habido anglófilos. Gran Bretaña siempre se ha visto
como un país próspero y moderno, cuna del parlamentarismo y de la revolución
industrial por lo que, a pesar de las rivalidades, la ”Pérfida Albión” también
ha contado con apoyos en España, que se mostraron de forma evidente en la
Primera Guerra Mundial y, de forma más discreta, en la Segunda.
GERMANÓFILOS
Al contrario
que con Francia y Gran Bretaña, España no ha tenido grandes y recientes
conflictos con Alemania. Lo más cercano puede considerarse la Guerra de los
Treinta Años, que no ha dejado sustrato en la mentalidad colectiva española,
como sí dejó la Guerra de la Independencia (por motivos obvios). El motivo es
sencillo: Alemania y España están lejos una de la otra por lo que no tenían
conflictos fronterizos como sí tenía con Francia por tierra y con Gran Bretaña
por mar además de en las colonias.
De hecho,
Alemania no existía como Estado único hasta su unificación definitiva en 1871.
Antes de eso existía primero el Sacro Imperio Romano Germánico hasta época de
Napoleón, con un emperador a la cabeza (que con Carlos V unió dinásticamente a
las coronas peninsulares con los principados alemanes) pero sin unión política
efectiva. Luego se creó la Confederación del Rin y la Confederación Germánica.
Liderada por Prusia. Éste era el Estado alemán más fuerte con diferencia y el
que dejaría su impronta. Su cultura, su modo de vida, su potente ejército o su
ciencia serán aspectos que en España se alabarán y se intentarán imitar en
ocasiones. En 1871 Prusia, con apoyo del resto de los Estados alemanes, derrotó
a Francia consiguiendo la unificación definitiva y el nacimiento del II Reich
con Bismarck, canciller prusiano, como jefe de gobierno y con el rey de Prusia
como emperador alemán. Como se ve, Prusia era el líder del nuevo imperio por su
supremacía económica, militar y demográfica sobre el resto de los alemanes. Su
desarrollo económico superó a Francia y amenazó a Gran Bretaña, lo que
motivaría a largo plazo la Primera Guerra Mundial. Se creó un sistema de
alianzas y al final la guerra estalló en 1914, aunque no solo de mano alemana
(el estudio de los motivos de la IGM da para una buena tesis).
España,
dividida entre aliadófilos y germanófilos, se mantuvo neutral y comerció con
ambos bandos. Sin embargo, la tensión con Alemania aumentó con el hundimiento
del Sussex, navío en el que viajaban estadounidenses y españoles, por parte de
los submarinos germanos. Aún así, no llegó a entrar en guerra como represalia.
Posteriormente,
los caminos de España y Alemania se volvieron a unir con la Guerra Civil.
Alemania, ya bajo la tiranía nazi, apoyó activamente al bando franquista
proveyéndole de armamento, dinero e incluso hombres (la famosa Legión Cóndor).
Esto creó un fuerte vínculo entre ambas naciones una vez terminado el conflicto
español y estuvo a punto de suponer la entrada de España en la Segunda Guerra
Mundial. Franco y Hitler llegaron a entrevistarse en Hendaya en 1940 pero, aunque
España apoyó a Alemania y se comprometió a entrar en la guerra en un futuro
indeterminado, al final se mantuvo neutral toda la guerra. Con los reveses
alemanes en 1943, España volvió a la neutralidad completa aunque mantuvo su
apoyo indirecto a Alemania casi toda la guerra: exportaciones (destacando el wolframio),
permiso para sabotear a los británicos, ciertas ventajas en espionaje (caso de
Tánger), etc. además, España fue el único país neutral que envió una división
entera de voluntarios a combatir junto al Eje, la División Azul a la URSS.
Tras la
derrota alemana España quedó aislada internacionalmente por ese apoyo al Eje pero
las relaciones se retomaron tras la década de los 50 y volvió a haber intereses
entre España y Alemania (Occidental entiéndase. La Oriental al ser comunista
quedaba fuera del plano de interés franquista en principio). Con la Transición
las relaciones hispano-germanas se intensificaron y destacó el apoyo alemán al
ingreso español en la Comunidad Europea frente a las trabas que puso Francia al
respecto. Alemania pasó a ser así una fuerte aliada española y la relación en
las últimas décadas ha sido óptima, hasta que comenzó la crisis económica
actual, en el año 2008. Alemania, junto a otros países del norte europeo, presionó
para que España realizara fuertes recortes y ajustes económicos manteniendo la
situación actual de fuerte austeridad. Es por ello por lo que, a pesar de que
en España siempre se ha visto a los alemanes de manera positiva (trabajadores,
aliados, turistas…), actualmente se les vea como responsables de los recortes
que se sufren día a día en el país. A pesar de ello, vuelve a haber inmigración
española a Alemania (otro motivo de lazo entre ambos naciones desde la década
de 1960) debida a la solvencia de dicho país y a su buena reputación en ese
sentido.



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