La caída de
los regímenes comunistas de Europa del Este a finales de los 80 y principios de
los 90 también afectó en Occidente. Las ganas de escapar del centralismo o de
la responsabilidad que suponía la presencia de conciudadanos más pobres en
otras provincias, hicieron que los Estados de Europa Occidental se vieran
sometidos a cambios para salvaguardar la unidad nacional, como unas potentes
descentralizaciones.
En España la
tendencia centrífuga había comenzado con la Transición de la dictadura
franquista a una democracia occidental. Una década después de dichos cambios,
España estaba ya dividida en 17 comunidades autónomas, con diferentes grados de
autonomía ya que hay comunidades con mayores competencias que otras. Las dos
nacionalidades históricas con mayor peso y reivindicación, Cataluña y el País
Vasco (Galicia también está en el grupo pero no tiene el mismo grado
reivindicativo), se habían convertido casi en Estados propios dentro de España,
con su propio idioma (sobre todo en Cataluña, donde en 1983 se elevó al catalán
a la lengua prioritaria en la enseñanza), instituciones y órganos de gobierno.
Cataluña en 1993 aportaba un quinto del PIB español, a ella iba a parar un
cuarto de la inversión extranjera que recibía el país, con una capital boyante
en esos años como era Barcelona (que albergó, con apoyo del gobierno de España,
los Juegos Olímpicos de 1992). Además, la renta per cápita era alrededor de un
20 % por encima de la media nacional. Cataluña es uno de los Cuatro Motores
para Europa, cuatro de las mayores regiones industriales del continente junto a
Baden-Wurttemberg (Alemania), Lombardía (Italia) y Ródano-Alpes (Francia).
Cataluña y el País Vasco sobresalen en el conjunto de España en el apoyo a partidos nacionalistas. En la primera está en marcha un proceso soberanista para convocar un referéndum independentista en 2014.
El principal
motivo del resentimiento catalán con el resto de España era y sigue siendo la
sustancial contribución que la hacienda española espera de los catalanes. Todo
ello en un momento en el que sentimiento de nación en el país estaba más bien
reprimido después de casi cuarenta años de régimen altamente nacionalista.
Así, se creó
una vinculación entre autonomía, separatismo y democracia que en el caso del
País Vasco llegó a extremos con la presencia de la banda terrorista ETA que en
los 90 continuaba su trayectoria homicida. Además, mientras Cataluña
prosperaba, en el País Vasco las viejas industrias quedaban desfasadas y en
declive. Los nacionalistas vascos no lograron obtener el rédito suficiente: en
1998 muchos de los habitantes vascos procedían de otras zonas de España y solo
un cuarto sabía hablar euskera. Además, en el País Vasco no sucedía (ni sucede)
lo mismo que en Cataluña respecto a la solidaridad territorial al beneficiarse
el territorio, al igual que Navarra, de un concierto fiscal.
Si en España
la descentralización se había producido principalmente azuzada por recuerdos
sombríos del pasado, en Italia era por motivos actuales. En ese país la
disidencia territorial procedía de las zonas fronterizas del norte en las que
en un principio (con la unificación en 1861) ni siquiera se hablaba italiano
(más bien alemán, francés o esloveno). Para contentar a dichas zonas se les dio
la autonomía: Valle de Aosta, Trentino-Alto Adigio y Friuli-Venecia Giulia.
Estas zonas recibieron ayudas y en la década de 1990 estaban plenamente
integradas en el continente europeo. Aunque los problemas por esa vía habían
ido desapareciendo, a la par habían surgido nuevos sentimientos y las
reivindicaciones del Piamonte, Umbría o Emilia Romaña eran tan consistentes
como las de Cataluña o Galicia en España. Las regiones en las que se divide Italia
son un espejismo, casi sin competencias excepto las autonomías ya mencionadas.
La brecha entre el norte rico y el sur más pobre es cada vez mayor y apareció
algo nuevo: el separatismo de los ricos. A finales de los 80 el PIB regional de
Lombardía era de un 132 % de la media nacional mientras que en Calabria era
solo un 56 %. Mientras que los servicios de la Italia del norte eran
comparables a los de Francia o Reino Unido, los del sur se habían quedado
atrás, muy atrás.
En azul oscuro la considerada Padania, el norte rico e industrial de Italia. En azul más claro aparece la máxima extensión que se considera para Padania.
Así, surgió en
esos años la Liga Norte que propugnaba como solución arrancar a Roma sus
competencias fiscales, separarse del resto del país y, finalmente, lograr la
independencia de Lombardía y sus vecinos (la apodada Padania) dejando que los
“parásitos” se las arreglaran solos. El parecido con Cataluña, Eslovenia dentro
de Yugoslavia o la República Checa respecto a Eslovaquia queda bastante claro.
Sin embargo, a pesar del peso que llegó a tener la Liga Norte, nunca hubo
riesgo de fragmentación real de Italia: paradójicamente se alió con la Forza
Italia de Berlusconi, muy apoyada por los pobres del sur.
Lo mismo puede
decirse de Francia donde el presidente Mitterrand emprendió una muy limitada
descentralización en los 80. Entre las nuevas regiones ni siquiera Alsacia o el
País Vasco francés, mostraron mucho interés en romper sus lazos con París. Solo
la isla de Córcega asistió a la aparición de un movimiento separatista potente
basado en razones lingüísticas e históricas. Sin embargo, el uso de la
violencia por parte de grupos nacionalistas corsos hizo que solo lograran
atraer a una minoría.
La peculiar bandera de Córcega
En Francia las
regiones con más sentido de la diferencia, como la celta Bretaña o las montañas
interiores del Languedoc, llevaban muchos años siendo dependientes de la
generosidad de París por lo que los viejos nacionalistas bretones u occitanos
no lograron nunca un apoyo resaltable.
Cuestión a
parte era el Reino Unido. La periferia celta de Inglaterra, Escocia, Gales e
Irlanda, a pesar de su dependencia de Londres, había iniciado un renacimiento
cultural e identitario muy destacable. En Gales fue más bien cultural y se
promocionó la lengua galesa en los medios y en la enseñanza. Solo las regiones
del norte se acogieron realmente a las demandas de independencia que lanzaba el
partido nacionalista Plaid Cymru. El sur urbano, muy bien comunicado con
Inglaterra y con lazos fuertes con ella no se llegó a fiar nunca de los
beneficios de una independencia. Aún así, actualmente el movimiento sigue vivo
y el Plaid Cymru es uno de los principales partidos en Gales.
Gales (en violeta), Escocia (anaranjado) y el Ulster (verde). Inglaterra tiene más de 50 millones de habitantes del total de 61 millones de Reino Unido.
Escocia era y
sigue siendo un caso muy diferente. El Partido Nacional Escocés (SNP por sus
siglas en inglés), en los 70 se convirtió en clave en la región superando a los
conservadores y amenazando los feudos laboristas. Además, el nacionalismo escocés
se benefició del descubrimiento de petróleo y gas en el Mar del Norte así como
de las políticas regionales de la CEE. Escocia, unida a Inglaterra en 1707 por
la Union Act, siempre ha sido un territorio aparte. La identidad propia
residía, más que en motivos lingüísticos o religiosos (que aún así existen) en
resentimiento con Londres. En 2014 hay un referéndum de independencia de
Escocia que, según los sondeos, va a ser ajustado.
Asunto
diferente fue el Ulster, un conflicto que databa de mucho tiempo atrás,
separado por solo 80 kilómetros de Escocia. El patriotismo nacional de los
protestantes del Ulster consistía, al contrario que los escoceses, de su deseo
de permanecer a toda costa en el Reino Unido. El conflicto, cruento, consistía
básicamente en, por un lado, el IRA Provisional que pretendía expulsar a las
autoridades británicas e incorporarse a una Irlanda independiente y católica
(el Éire independizado en 1922) y, por otro, de los unionistas protestantes y
sus voluntarios paramilitares que pretendían mantener el statu quo existente
con Londres desde hacía trescientos años. En los 90 ambos bandos se vieron
obligados a ceder: las masacres de Bosnia y Kosovo produjeron la intervención
extranjera e influyeron en la guerra del Ulster. Así, se llegó a los acuerdos
de Viernes Santo, en abril de 1998. Dicho acuerdo dejó cabos sueltos pero
finalizaba un conflicto de décadas. Actualmente, Irlanda del Norte posee su
propio parlamento nacional pero el conflicto permanece abierto debido a
pequeñas escisiones del IRA que, de vez en cuando, realizan atentados que
recuerdan que el asunto no está cerrado.
Así, vemos que
cuatro de los cinco grandes Estados de Europa Occidental (Francia, Reino Unido,
España e Italia) tuvieron a finales del siglo XX tensiones y conflictos
nacionalistas en mayor o menor medida. El quinto es una interesante excepción:
Alemania. La ausencia de nacionalismos en el interior de la república germana
no se debió a que no hubiera peculiaridades históricas, que las había y muchas,
sino porque la Alemania posterior a los nazis era una república federal
plenamente establecida.
Los länder,
reproducciones de antiguos Estados (como Baviera) o entidades nuevas que
combinaban repúblicas o Estados existentes en el pasado (como Renania del
Norte-Westfalia o Baden-Württemberg), tenían una fuerte autonomía económica y
administrativa en aspectos que inciden directamente en la población: educación,
sanidad, cultura, televisión, medio ambiente, etc.
Y, para
terminar este artículo, resaltar lo interesante de la ausencia de problemas en
Alemania, un país grande, frente a la complejidad de un país pequeño como es
Bélgica. Este país en los 90 era el único donde los cismas internos se
asemejaron a los que estaban teniendo lugar entonces en el Este postcomunista.
El motivo de
esta profunda división fue que en esa década las industrias de Valonia habían
caído en una profunda decadencia y casi habñian desaparecido sus puntuales: las
minas de carbón, acerías y metalúrgicas. A la vez, el antaño empobrecido
Flandes estaba en auge. En las décadas anteriores la economía flamenca se había
reconvertido y crecía cada año más de un 5 %. Ciudades como Amberes o Gante
crecieron y florecieron incluso en los 80, una década de menor crecimiento
económico. La lengua neerlandesa había pasado a ser más utilizada que el
francés. En suma, Bélgica tenía todos los elementos para separarse: una antigua
división territorial, reforzada por diferencias lingüísticas y sustentada en
acusados contrastes económicos. En los años 60 llegó a haber conflictos en la
universidad cuando estudiantes flamencos de Lovaina se enfrentaron a los
valones, que finalmente se desplazaron hacia el sur fundando una nueva
universidad. Esto es solo un ejemplo de hasta dónde llegó la tensión entre
ambas comunidades.
Regiones de Bélgica: Flandes (amarillo), Bruselas (rojo) y Valonia (verdes).
La solución,
aunque no ha resuelto el problema, fue dividir el país en tres regiones:
Flandes al norte y Valonia al sur y la capital,
Bruselas, por otro lado y bilingüe. Cada una tiene su propio parlamento.
Luego hay tres comunidades lingüísticas: la neerlandesa en Flandes y Bruselas,
la francófona en Valonia y Bruselas, y la germanoparlante en Valonia oriental,
junto a la frontera alemana (unos 65.000 hablantes). Cada una de estas
comunidades también tiene su propio parlamento. Para mantener el equilibrio, el
gobierno debe tener un número equilibrado de carteras de habla neerlandesa y
francesa y el primer ministro debe ser bilingüe.
En resumen,
Bélgica ya no es un Estado sino varios solapados y duplicados lo que ha causado
varios conflictos, el más reciente un año sin gobierno estable en el país por
las diferencias entre comunidades.














