Hay episodios en la
Historia que, vistos años después, nos causan más bien risa. Uno de ellos es el
que vamos a ver a continuación: la que puede ser sin dudas la guerra más
inofensiva e incruenta que haya habido nunca.
Esta historia nos lleva
hasta octubre de 1883, a un pequeño y tranquilo pueblo de la provincia de
Almería: Líjar. Es un municipio situado en el interior que a finales del siglo
XIX contaba con unos 600 habitantes.
¿Qué puede tener de
especial? Pues que tuvieron las narices (por no decir otra cosa) de declarar en
la fecha señalada la guerra a Francia. Sí, un pequeño pueblo almeriense
declarando la guerra a una de las grandes potencias mundiales en ese momento. Veamos
por qué.
En 1883 el rey de
España era Alfonso XII, tatarabuelo del actual Felipe VI. Mientras, Francia
estaba regida por la III República desde la caída del último emperador,
Napoleón III, en 1871. Así, el país galo era un ferviente defensor de los
valores republicanos y no pocos franceses veían en cualquier rey una ofensa y
provocación hacia su patria.
Una ofensa contra Alfonso XII fue el casus belli.
Vistas las cosas, la
visita oficial de Alfonso XII a París en octubre de 1883 podía tener riesgos,
como así fue: al bajarse del tren y salir de la estación, el rey español fue
insultado por exaltados republicanos franceses, que incluso llegaron a lanzarle
alguna piedra.
La cosa no fue a
mayores y Alfonso XII pudo realizar su visita sin mayores problemas, pero en
Líjar las noticias que llegaron de París no gustaron lo más mínimo. Su ayuntamiento
no dudó en lanzar una respuesta ante esta ofensa al rey y decidió declarar la
guerra a Francia. Nada más y nada menos. Así, en la declaración se decía: “Que sepan los habitantes del territorio
francés, que el pueblo de Líjar, que se compone únicamente de 300 vecinos, está
dispuesto a declararle la guerra a toda Francia, computando por cada 10.000
franceses un habitante de esa villa”. Vamos, que al menos no se engañaba en
cuanto a sus posibilidades.
Ni qué decir tiene que
Francia ignoró olímpicamente la fanfarronada de este pequeño pueblo
(afortunadamente), pero su ayuntamiento no lo olvidó y mantuvo la “guerra”
durante los siguientes cien años.
Vista de Líjar.
En 1983, el alcalde
decidió firmar la paz de una santa vez. Para la ocasión, invitó al pueblo al
cónsul francés en Málaga que, encantado, acudió a Líjar a firmarla. Allí, con
muy buen ambiente, se firmó la paz y acababa la Guerra de los Cien Años entre
Líjar y Francia. Después seguramente se irían de cervezas o vinos, quién sabe.
Hay algo que podemos
tomar de esta historia tan peculiar: que ojalá todas las guerras fuesen como
esta: sin víctimas y casi de cachondeo.



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