Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, prometiendo su cargo como diputado. Foto de J.J Guillén (EFE), El País.
Ayer comenzó la XI
Legislatura del periodo democrático en España. Una legislatura que, dependiendo
de las decisiones de los partidos políticos, será o muy corta (un suspiro, en
realidad) o simplemente de duración media (es decir, un año y medio o dos como
mucho). En ningún caso parece haber indicios de que esta legislatura vaya a
durar hasta 2019, su límite natural. Tampoco es necesario, en mi opinión. La legislatura
constituyente (que fue la primera, entre 1977 y 1979) fue muy corta pero, gracias
al consenso entre los partidos, se lograron grandes éxitos en ella. Algo parecido
debería ser esta XI legislatura.
Sin embargo, nada
parece indicar que esto vaya a ser posible. Los intereses políticos de momento
son la norma, por encima del interés del país y de sus ciudadanos. Me explicaré.
Ayer se formaron el
Congreso y el Senado. El Senado pasó más desapercibido: el PP mantiene su
mayoría absoluta allí (la cual será útil para combatir el independentismo, pero
que es totalmente ficticia dados los resultados de las elecciones) y pudo
reelegir a Pío García Escudero como presidente. La Mesa está constituida por
miembros del PP, PSOE y uno del PNV cedido por los socialistas, ante el enfado
de Podemos, algunos de cuyos senadores prometieron la Constitución por
imperativo legal y “hasta que se constituya la República Catalana”. ¿Incomprensible
en un partido estatal que dice que está en contra de la independencia de Cataluña? Sin duda.
En el Congreso la
cosa estuvo más movida, por la expectación que levantaba la entrada de partidos
nuevos y la atomización del mismo. Y si se prometían gestos nuevos, la realidad
superó con creces a todas las expectativas. El PSOE y Ciudadanos acordaron un
pacto para la Mesa del Congreso. Patxi López, ex lehendakari, se convirtió en
presidente del Congreso y, por tanto, la tercera autoridad del Estado solo
detrás del Rey y el Presidente del Gobierno, con los 130 votos de socialistas y
Ciudadanos. El PP, sabiendo que no tenía posibilidades de mantener la
presidencia, acordó con los grupos anteriores no presentar candidato y a cambio
tener tres representantes en la Mesa. El PSOE tiene otro más además del
presidente, Ciudadanos otros dos (secretarías) y Podemos dos más, uno de ellos
vicepresidente como corresponde al tercer partido más votado.
Sin embargo, Podemos
se enfadó, y mucho, ante este acuerdo. Para ellos el PSOE se entregaba a PP y Ciudadanos
y ello impide llegar a ningún acuerdo próximo para formar gobierno. Por supuesto,
el tema de que Podemos pretenda tener cuatro grupos parlamentarios, con sus
correspondientes portavoces, tiempos y dinero estaba presente también y no va a
poder constituirlos ante el rechazo de PP, PSOE y Ciudadanos. Ante esto, Pablo
Iglesias abroncó a PSOE y C’s, presentó a su propia candidata a la presidencia,
y decidió organizar con sus diputados un espectáculo televisivo que dirigiera
toda la atención del día hacia ellos. Como buenos populistas, les salió
estupendamente ya que apenas se habló de la elección de López como presidente y
de la formación del Congreso, sino más bien del hijo de Carolina Bescansa que
decidió llevarse a su bebé al escaño (la inmensa mayoría de mujeres no habrían
podido hacerlo ya que no tienen ese privilegio) a pesar de que el Congreso
tiene guardería o de las promesas de acatar la Constitución “para cambiarla y
ponerla al servicio de la gente”, o de Aragón, Cataluña o la comunidad de rigor
para algunos diputados que incluyeron a esas comunidades en su promesa.
El espectáculo no
solo fue dentro del hemiciclo sino también fuera. A la salida, todos los
diputados de Podemos y sus alianzas territoriales se hicieron la foto de rigor
entre los leones del Congreso e Iglesias no pudo contener las lágrimas por la
emoción que le causaba que “el pueblo” hubiese entrado en el parlamento.
Pues bien, resulta
que comparto con Iglesias que las Cortes han aprobado políticas con las que no
estoy de acuerdo, como la Ley de Seguridad Ciudadana, la LOMCE, los recortes en
sanidad y educación y un largo etcétera de medidas impopulares que han hecho
que el PP haya perdido 63 escaños en las elecciones.
Sin embargo, estas Cortes
también votaron una constitución democrática por consenso de todos. Votaron la
ley de matrimonio igualitario. Votaron el fin de la mili. Votaron la ley de
divorcio. Votaron la ley antitabaco. Votaron la ley de células madre. Votaron la
ley de dependencia. Votaron la ley de memoria histórica. Votaron la ley del
aborto. Votaron la integración en la Comunidad Europea. Podría seguir, pero
creo que está clara mi intención. Las Cortes siempre han representado al pueblo
ya que este ha votado libremente desde 1977 a sus representantes, muchos de
ellos votados por Iglesias en el pasado (recordemos su paso por Izquierda
Unida).
Por ello,
autoproclamarse como único defensor del pueblo ante la “casta” y “el búnker”
del resto de los representantes electos, tan legítimos como él y los demás
diputados de Podemos, es un exceso que demuestra que Iglesias no apuesta por el
diálogo y los acuerdos, sino por unas nuevas elecciones, amparado en el viento
a favor de las urnas pero que recuerde algo: unas nuevas elecciones pueden
traer más inestabilidad económica y, con ella, doble sufrimiento al pueblo al
que tanto dice representar en exclusiva.


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