Después
de estudiar una asignatura exclusiva a las guerras mundiales que asolaron la
primera mitad del siglo XX, puedo sacar una conclusión fundamental al respecto.
La
Primera Guerra Mundial rompió con una época, con la Belle Époque, y con una
forma de vida antigua en la que Europa dominaba el mundo y, con ella, el hombre
siendo la mujer prácticamente un mero sujeto sin voz y que debía ser obediente.
En esa época se depositó una fe casi ciega en la ciencia, la tecnología y el
progreso y no hubo año en el que no se inventara un artefacto de ingenio para,
aparentemente, hacer la vida más fácil a las personas.
El
siglo XIX, con la excepción de las Guerras Napoleónicas del principio, había
sido de relativa paz, aunque con conflictos puntuales como la Guerra Crimea y
las guerras de unificación alemana e italiana además de varios conflictos
civiles como las guerras carlistas en España y las guerras de independencia en
Europa del Este. El Imperio Otomano, el “hombre enfermo de Europa”, estaba en
clara decadencia y los Balcanes, hasta entonces bajo su control, estaban en
ebullición. La extremadamente complicada población de la zona, con diferentes
idiomas, culturas y religiones, se organizaba en diferentes Estados que parecían
querer más y más a costa del vecino.
Con
la Gran Guerra acabó esa sensación de falsa seguridad en el futuro y en el
progreso, y la sociedad europea, en parte dormida y en parte despierta por los
movimientos obreros, se vio ante la cruda realidad; algo parecido a lo que
estamos viviendo hoy en día con la peor crisis económica desde el Crack del 29.
Las
trincheras supusieron una novedad sangrienta respecto a las guerras anteriores,
cortas y de batallas decisivas. En el frente occidental millones de hombres morían
en las sucesivas batallas inútiles en las que ninguno de los dos bandos conseguía
avanzar. En el este las penurias estaban a la orden del día y la vida de los
soldados era penosa. En la retaguardia se instaba a la población a apoyar la
guerra por patriotismo y porque el agresor era el otro, sin considerar siquiera
por qué se había llegado a esa situación. Los gobiernos perdieron el control,
no pidieron consejo a nadie (ni siquiera a los empresarios, lo cual nos resulta
extraño a día de hoy) y llevaron a la muerte a millones de personas en una
guerra bárbara y que destruyó muchas vidas.
Y
a pesar de los 10 millones de muertos, más de 30 millones de heridos y
mutilados, viudas y huérfanos; de destruir las economías europeas, contaminar
cientos de hectáreas, desprestigiarse en las colonias y un largo etcétera, no
se pasó página. La “guerra que pondría fin a todas las guerras” no solo no lo
consiguió sino que dejó bastantes cosas como estaban.
A
pesar del desprestigio europeo en las colonias, las depauperadas potencias
lograron mantenerse en África, Asia y Oceanía por lo que no hubo grandes
cambios en ese sentido.
Por
otro lado, uno de los 14 puntos de Wilson, fundamental para mantener la paz en
Europa, el de aceptar que cada nación tenga su propio Estado, se incumplió flagrantemente.
Se finiquitaron imperios plurinacionales como el ruso, el austrohúngaro o el
otomano pero en su lugar se construyeron Estados con varias naciones en su
interior como Yugoslavia y Checoslovaquia, por lo que tampoco se pasó página en
el capítulo del nacionalismo.
Estados
Unidos, quien se había unido a la guerra un año y medio antes de su fin, se
convirtió en una potencia muy a tener en cuenta y en lo económico superó a una
Europa destruida, al igual que Japón. Sin embargo, no se implicó en lo que
sucedió a partir de 1919 en el Viejo Continente sino que volvió a su
aislacionismo importándole poco el surgimiento de los totalitarismos.
Así
vemos que la Primera Guerra Mundial no fue un punto y a parte sino más bien un
punto y seguido abriendo una etapa convulsa que desembocaría en la guerra
definitiva y que cambiaría el mundo decisivamente.
La
Segunda Guerra Mundial fue una guerra absoluta que finiquitó muchos aspectos y
cuyas consecuencias aún perduran actualmente.
A
la Segunda Guerra Mundial no se llegó con optimismo, como en la Primera. No se
esperaba una guerra que acabara antes de Navidad aunque tampoco una que tuviera
la dimensión de la que empezaba con la invasión de Polonia.
Mucho
se ha estudiado el comienzo de la IIGM y la culpabilidad suele atribuirse a
Alemania, lo cual es evidente ya que invadió Polonia iniciando las
hostilidades. Sin embargo hay matices: la Unión Soviética firmó un acuerdo con
los nazis para repartirse Polonia y dicho acuerdo los asoció hasta 1941, cuando
Alemania invadió la URSS. De esta manera la URSS también sería responsable de
la guerra al comenzar las hostilidades con Polonia. Sin embargo, su condición
de ganadora la exime de parte de esa responsabilidad y el hecho de ser una
cruel dictadura totalitaria queda a veces en un segundo plano. Por otro lado,
tenemos la postura de las democracias occidentales, Gran Bretaña y Francia,
quienes consintieron a Alemania apoderarse de Austria, los Sudetes y Bohemia
por lo que Hitler esperó quedarse con el Corredor de Dánzing y Polonia sin que
británicos y franceses llegaran a la guerra.
En
cualquier caso, la guerra duró seis largos años y fue brutal, inmisericorde. En
ella se incluyen nada menos que un genocidio (Holocausto) y el uso por primera
vez de bombas atómicas. La población civil no importó nada (ya no había
importado en la Primera pero en la Segunda aún menos). La destrucción fue
descomunal y la posguerra duró años.
Sin
embargo, esta guerra sí fue un punto y aparte en la Historia. Con ella quedaba
finiquitado el poder europeo y ello supuso la liquidación en las siguientes décadas
de los imperios coloniales. Europa había quedado completamente destrozada tras
la guerra y no pudo mantenerse más tiempo en los otros continentes.
Por
otro lado, Estados Unidos asumió definitivamente que no podía vivir en el
aislamiento y que se había convertido en una superpotencia que podía y debía
intervenir en todo el mundo. Así, al contrario que en la Primera, Estados
Unidos se implicó en la postguerra europea ayudando a la reconstrucción con el
Plan Marshall. Esto no fue desinteresado: Europa podía caer entera en manos del
comunismo de la otra superpotencia, la URSS. Comenzaba así una etapa
completamente nueva: la Guerra Fría, una guerra de equilibrios y no exenta de
graves tensiones.
Además,
después de la Segunda Guerra Mundial no podía haber ninguna guerra mundial más
por una sencilla razón: por primera vez el ser humano podía destruir la Tierra
mediante el uso de la energía atómica. Ya no era cuestión de meros equilibrios
entre potencias sino que una nueva guerra global acabaría con la especie humana
y, evidentemente, no beneficiaría a nadie. Así, la Segunda Guerra Mundial no
fue la guerra que acabaría con todas las guerras, ya que conflictos locales hay
innumerables pero sí fue la guerra que acabó con todas las guerras mundiales…hasta
la fecha.






