Y, al fin, podemos decir el resultado definitivo de las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Tras un largo recuento en varios estados, además de varias demandas judiciales por parte del equipo de Trump, podemos afirmar que Joe Biden será el nuevo presidente de la superpotencia, aunque el presidente saliente, Trump, intentará hasta el final torpedearlo.
El fenómeno populista trumpiano no acaba con esta derrota ya que ha mejorado respecto a 2016 en muchos estados y solo la ola demócrata de las ciudades ha podido frenar un segundo mandato de este polémico personaje, racista, xenófobo, machista y homófobo.
Biden ha conseguido la victoria con un margen de cinco millones de votos respecto a su rival y recuperando varios estados clave como Michigan, Wisconsin y Pensilvania. No ha recuperado, eso sí, otros estados pendulares como Florida u Ohio, en los que Trump ha ganado con bastante comodidad. Sin embargo, la recuperación de esos estados del cinturón del óxido, además de mantener todos los que ya ganó Hillary Clinton en 2016, permite a Biden ganar con comodidad.
Mención especial merece que Biden haya arrebatado a Trump dos estados típicamente republicanos como son Arizona y Georgia. Arizona solo había votado a un demócrata en una ocasión desde la posguerra mundial: en 1996, cuando ganó allí Bill Clinton. Ahora Biden vuelve a ganar gracias al voto latino y al de republicanos moderados hartos de Trump. Georgia, por su parte, solo ha sido confirmada para Biden esta semana, tras un segundo recuento demandado por los republicanos.
El resultado en el colegio electoral nos suena a 2016: 306 votos a favor de Biden y 232 de Trump. Es muy parecido al resultado de 2016, pero esta vez con derrota de Trump y el Partido Republicano (hubo siete votos para otros candidatos independientes).
A grandes rasgos se mantiene el mapa de elecciones anteriores. Desde los 90, republicanos y demócratas ganan en más o menos los mismos estados y son los llamados pendulares los que deciden la victoria (Ohio, Florida, Carolina del Norte, Virginia...). Los republicanos son fuertes en el interior y sur del país, mientras que los demócratas destacan en la costa oeste, el noreste con Nueva Inglaterra y el cinturón del óxido (con la excepción sonada de 2016). Además, han ido ganando posiciones en los estados fronterizos con México debido a la llegada de latinos más proclives a votarles a ellos. Solo Texas resiste y cada vez por menos, siendo ya en la práctica un estado “morado”, en el que la victoria algún día puede ser azul.
La victoria de Biden es amplia, pero no llega a las de Obama en 2008 y 2012, en especial la primera, cuando arrasó con 365 votos electorales. En 2012 obtuvo 332, también más que Biden este año.
2004 fue la única vez desde 1992 que el Partido Republicano ganó las elecciones presidenciales en número de votos. Bush consiguió la victoria con 286 votos, solo un poco más de la mayoría, por lo que estuvo bastante reñido. Mucho más problemática fue la elección de 2000, en la que el candidato demócrata, Al Gore, consiguió la victoria en votos pero Bush ganó la presidencia por la mínima tras un confuso y sospechoso recuento en el estado de Florida: 271 votos por 266 de Al Gore.
Los 90 estuvieron dominados por Clinton y los demócratas, que ganaron ampliamente tanto en 1992 como en 1996, con 370 y 379 votos respectivamente y ampliando la victoria a estados del interior y el sur típicamente republicanos.
Así, vemos que en las últimas tres décadas el Partido Republicano solo ha ganado en votos unas elecciones presidenciales, las de 2004, y los demócratas han ganado todas las demás aunque no pudieron gobernar en 2000 ni 2016 debido a las particularidades del sistema electoral estadounidense. Se han sucedido dos presidentes republicanos, Bush y Trump, y otros dos demócratas, Clinton y Obama. De ellos, solo Trump no ha logrado la reelección y en enero de 2021 previsiblemente habrá otro presidente demócrata en la Casa Blanca.


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