El gobierno del
presidente Sánchez ha anunciado que procederá en esta legislatura a trasladar
los restos mortales de Francisco Franco Bahamonde (Ferrol, 1892-Madrid, 1975).
El que fue dictador durante casi cuarenta años (1939-1975) hasta su muerte,
sigue enterrado donde él dispuso: el Valle de los Caídos, una tumba faraónica
situada en el valle de Cuelgamuros, cerca de El Escorial.
Desde sus inicios fue
polémica. Primero por la ubicación, en un paraje natural. En los años 40,
cuando fue construida, no importaba nada el medio ambiente, pero hoy sí, y su
construcción ya alteró el paisaje del lugar. Segundo, por cómo se construyó,
obligando a presos del bando republicado en la Guerra Civil a trabajar en
condiciones de semi esclavitud, a cambio de rebajarles la pena de cárcel. El
ambiente de trabajo, además, era pésimo, con enfermedades y mala alimentación.
El dictador tenía claro
desde el principio que esa iba a ser su tumba, pero quiso añadirle un
componente monumental, al incluir en ella a cientos de fallecidos en la guerra,
de ambos bandos. En muchos casos, se hizo sin el permiso de las familias y con
cierto desorden. Entre los caídos de la guerra, Franco incluyó a José Antonio
Primo de Rivera, fundador de Falange, el partido único del régimen. Este ocupa
aun hoy un puesto de honor en el mausoleo, justo enfrente de Franco.
A la muerte de este en
noviembre de 1975, se procedió a cumplir sus deseos y se le inhumó en el Valle
de los Caídos, bajo una losa de cinco toneladas. Los años posteriores vieron la
Transición a la democracia, pero no una revolución. La dictadura estaba
demasiado reciente, como demostró el golpe de Estado de 1981, por lo que los
gobiernos de Suárez y Calvo-Sotelo no se plantearon siquiera modificar el statu
quo del Valle, lo cual puede entenderse teniendo en cuenta los precedentes.
Caso distinto es la
actitud del gobierno socialista de Felipe González. En sus casi catorce largos
años de gobierno no modificó la situación del Valle, en un momento que habría
sido idóneo. A finales de los 80 y, sobre todo, principios de los 90, España
había sufrido un cambio radical y Franco ya era pasado. Su traslado ya habría
sido posible, pero no se hizo.
Antes y ahora, esa
posibilidad es respondida por muchas personas de la misma manera: “no se debe
remover el pasado “ o “hay que dejar a los muertos descansar”. Más adelante
explicaré por qué no estoy de acuerdo con esas afirmaciones.
Tras González llegó
Aznar que, ni qué decir tiene, no puso ninguna intención en trasladar a Franco
del Valle. Para la derecha española, especialmente el Partido Popular, este
tema es controvertido. Ellos son conscientes de su pasado, puesto que el
partido predecesor del PP, Alianza Popular, fue creado por varios ex ministros
de Franco, encabezados por Manuel Fraga. AP pretendió quedarse en democracia
con el voto franquista sociológico, es decir, de aquellos que creían que con la
dictadura había habido avances económicos y sociales, pero que políticamente
creían que debía avanzarse hacia una democracia de corte occidental.
Por tanto, el PP
siempre ha rechazado trasladar a Franco o cambiar el significado del Valle de
los Caídos, por la sencilla razón de que creen que va a suponer reabrir heridas
que ya están cerradas. El problema es que hay heridas que aún no están
cerradas.
Hasta ahora, el único
presidente que había intentado cambiar la situación del Valle de los Caídos ha
sido José Luis Rodríguez Zapatero, y ya en el siglo XXI. Lo hizo mediante la
llamada Ley de Memoria Histórica, por la que se condena a la dictadura
franquista y se procede a eliminar su simbología, sobre todo en las calles.
También se planteó el tema del Valle: pasaría a ser un museo de la Guerra Civil
y no un monumento de exaltación de la dictadura.
Así, se procedería a
trasladar los restos del dictador, dándoselos a su familia, manteniéndose los
de los otros fallecidos en el mausoleo, incluido Primo de Rivera, aunque este
sería trasladado a otro lugar del templo, quitándole su lugar preeminente.
Sin embargo, no hubo
tiempo para completar el plan: estalló la crisis económica con la Gran Recesión
y el gobierno se centró en otras cuestiones. Después, llegó al poder de nuevo
el PP y Rajoy paralizó la implantación de la Ley de Memoria Histórica, llegando
así al momento actual.
España es hoy es el
segundo país del mundo con mayor número de desaparecidos, solo por detrás de
Camboya. Y eso se debe al gran número de personas que están enterradas en fosas
comunes y cunetas, olvidados a su suerte durante la guerra y la postguerra, y
que no han sido desenterrados desde entonces. ¿Supone remover el pasado? Sí,
pero para hacerlo digno, para dignificar a los fallecidos del bando
republicano, que al ser el perdedor de la guerra no pudo enterrar a sus
muertos, como sí pudieron hacer los sublevados.
Hasta que no se haya
hecho eso, España tendrá una mancha intolerable en su pasado reciente y, como
primer paso, es esencial retirar al dictador de su tumba faraónica, para ser
devuelto a sus familiares y enterrado, sí, pero en el ámbito
privado, y no exaltándolo. Es decir, ni más ni menos que lo que piden los descendientes de los
republicanos que siguen olvidados.
Por tanto, la propuesta del gobierno actual de convertir el Valle en un museo de la memoria tiene un sentido: dignificar nuestra Historia reciente.


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