España nunca ha sido una potencia industrial, eso debe quedar claro desde el principio. El país se comenzó a industrializar muy débilmente a mediados del siglo XIX, con empresas situadas especialmente en Barcelona y Vizcaya, con otras ciudades y regiones con casos muy puntuales y con la industria minera en Asturias. Poco más. Madrid quedó sin industrializar, pero siendo el centro del poder político.
Las
industrias que se localizaron en Cataluña y el País Vasco fueron
principalmente la textil y la siderúrgica, con exportaciones a las
colonias, sobre todo Cuba, y a otros países europeos. En el caso de
Bilbao, adquiría el carbón galés para sus altos hornos, con los
que producía hierro y acero de buena calidad que luego exportaba a
otros países. El carbón asturiano también participaba en el
proceso, pero al ser de peor calidad era menos calorífico de cara a
su empleo en los altos hornos.
Este tímido inicio industrial se complementó con la construcción de la red de transportes del Estado, principalmente mejora de las carreteras y los ferrocarriles, que se iniciaron a finales de la década de 1840 y tuvieron su mayor expansión a partir de 1855, con la Ley de Ferrocarriles. España construyó miles de kilómetros de vías de tren ante la necesidad de conectar un país en el que hasta entonces poco tenían en común unas regiones respecto a otras debido al aislamiento que produce la geografía (recordemos que España es el segundo país más montañoso de Europa, detrás de Suiza y sin contar microestados como Andorra).
A finales del XIX, nuevos tipos de industria llegaron a España, como la eléctrica, la química, la alimentaria o la del calzado, pero tuvieron una influencia menor y su implantación fue nuevamente débil.
Las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por la inestabilidad y por mantener un tejido industrial escaso. Hubo obras públicas durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, que no tuvieron continuidad y, además, estaban centradas en los transportes. La Segunda República se centró en el grave problema agrario y no pudo dedicar demasiada atención a la industria debido a su inestabilidad y brevedad.
El golpe de Estado de 1936 y la Guerra Civil fueron desastrosos para toda la economía española y, por tanto, también para la industria, con muchas de las zonas industriales destruidas mediante bombardeos durante el conflicto para debilitar al enemigo.
La larga posguerra, que duró hasta mediados de los años 50, no benefició a la industrialización de España. No había dinero y el régimen franquista quedó aislado del exterior por su apoyo durante la Segunda Guerra Mundial a la Alemania Nazi y la Italia fascista. La política económica en esos años fue la autarquía, es decir, el auto abastecimiento del país con sus propios recursos. Sin embargo, España no disponía ni dispone de muchos materiales, como petróleo o gas natural, que deben importarse del exterior. Así, aunque el régimen creó el Instituto Nacional de Industria, no se pudo impulsar la industrialización por falta de recursos, aunque sí se crearon destacadas empresas que siguen existiendo actualmente, como SEAT.
La situación comenzó a cambiar en 1959, cuando el Plan de Estabilización abrió España al extranjero y, por tanto, a las importaciones y exportaciones. La economía quedó liberada y, tras una breve recesión, comenzó a crecer rápidamente. Las empresas extranjeras invirtieron en España y, al fin, el país se industrializó de manera destacada, con industrias en zonas que hasta entonces eran solo rurales o de servicios, como Valencia, las ciudades gallegas, Zaragoza o Madrid. El sector secundario (es decir, industria más construcción) llegó a casi igualar el peso del sector terciario en el PIB de España, con regiones muy industrializadas, como Euskadi, La Rioja o Aragón.
Este proceso se mantuvo hasta principios de la década de 1970. Una fuerte crisis económica afectó al mundo occidental, incluida España, debido a la subida de los precios del petróleo. Ya en transición a la democracia, la industria comenzó a debilitarse, con cierres. Y la década de 1980 fue peor: comenzó el lento y complejo proceso de reconversión industrial: las fábricas más contaminantes y obsoletas debían readaptarse a los nuevos tiempos, sobre todo en la cornisa cantábrica, con centro en Bilbao. La reconversión continuó en los 90.
El Estado no siempre ayudó en este proceso, que necesitaba incluso de fondos públicos. Y otro problema notable surgió: la competencia industrial de otros países, especialmente los que están en vías de desarrollo en Asia, como China, Indonesia, Tailandia, Filipinas, etc. Muchas empresas, ya en los 2000, decidieron trasladar sus fábricas desde España y otros países occidentales a estos países asiáticos. Este proceso se denomina deslocalización industrial.
Al mismo tiempo, grandes empresas españolas, como la anteriormente citada SEAT, fueron vendidas a empresas extranjeras (en este caso concreto a la alemana Volkswagen), dependiendo del exterior. Así, por un lado España se quedaba sin algunas de sus principales empresas en el sector industrial y, por otro, sin poder producir materiales y productos que necesitaba ya que debía importarlos del exterior, sobre todo China y el sureste asiático.
La
actual crisis de la Covid-19 ha empeorado la situación y ha hecho
ver a muchas personas la debilidad industrial de España. Al
principio de la crisis carecíamos de mascarillas, equipos de
protección, geles hidroalcohólicos y respiradores. ¿Por qué?
Porque nuestra pequeña industria no podía producir tanto y porque
los países a los que comprábamos los necesitaban para ellos. Parece
una explicación sencilla, pero básicamente es lo que ha ocurrido. Y
es algo que le ha pasado a más países occidentales.
Es urgente una reindustrialización de España, en especial de sus zonas industriales abandonadas, como el Corredor del Henares en Madrid, zonas del área metropolitana de Barcelona y Vizcaya. España no puede depender enteramente de otros países porque cuando hay crisis como la que nos afecta en este momento somos muy débiles. Además, volver a tejer la industria beneficiaría al empleo de muchas regiones.
Durante años se ha puesto excesivo peso económico en el comercio, el turismo y la construcción. Los dos primeros han quedado casi borrados del mapa por la crisis sanitaria y el tercero se verá perjudicado por la merma de poder adquisitivo de la población. Por ello, es, repetimos, urgente incentivar la industria y, en educación, la Formación Profesional, para formar adecuadamente a los futuros trabajadores industriales. No perdamos más tiempo en disputas estériles.


















































