Muchos nos hemos
levantado hoy con una pésima noticia: Reino Unido finalmente ha decidido
abandonar la Unión Europea tras el referéndum celebrado ayer, en el que el 52 %
de los británicos votó a favor del llamado “Brexit”, abandonar la UE, y un 48 %
que votó permanecer en ella.
Queda así partido el
país en dos mitades muy igualadas pero siendo el resultado claro. Reino Unido
tendrá que iniciar las negociaciones para salir del grupo europeo y Francia ya
ha anunciado que pretende que sea una negociación “rápida”. El disgusto es
evidente en las cancillerías europeas, y con razón.
No hay antecedentes
de salida de la UE de un Estado miembro. Lo único parecido fueron la salida de
Argelia en 1962 (cuando se independizó de Francia, de la que era un
departamento de ultramar) y la de Groenlandia en 1985, cuando, a pesar de
seguir siendo parte de Dinamarca, decidió abandonar la UE.
En realidad la
presencia de Gran Bretaña en el club siempre ha sido a regañadientes. Aunque tras
la II Guerra Mundial el mismo Churchill apoyó la creación de una organización
europea, nunca pensó que Reino Unido tuviera que entrar en la misma. Cuando seis
países continentales (Francia, Italia, Alemania, Países Bajos, Bélgica y
Luxemburgo) crearon en 1951 la Comunidad Europea del Carbón y el Acero y, en
1957, la Comunidad Económica Europea (CEE), Gran Bretaña se mantuvo al margen
y, de hecho, intentó ejercer de contrapeso a la misma promoviendo la creación
de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA).
Esta organización
acabó eclipsada por el poderío de la CEE y Gran Bretaña decidió ser pragmática
e iniciar conversaciones con el grupo de los seis para adherirse al proyecto. Francia
vetó su ingreso durante años, comandada por Charles de Gaulle. Su retirada de
la presidencia tras el Mayo del 68 motivó las negociaciones de adhesión de
Reino Unido, que culminaron en 1973 con la entrada de este país más Dinamarca e
Irlanda en la CEE. Noruega, que también había aprobado el ingreso, finalmente
quedó fuera tras un referéndum que se repitió en los 90 con idéntico resultado
(sin embargo, Noruega sí es miembro del Espacio Schengen, al contrario que
Reino Unido).
Pronto hubo rechazos
dentro de Gran Bretaña a pertenecer a la CEE y se convocó un referéndum en
1975, en el que ganó la permanencia. Sin embargo, el euroescepticismo siguió
existiendo. En los 80 destacó su primera ministra, Margaret Thatcher,
obstaculizando el Acta Única Europea. Sin embargo, sus sucesores aceptaron la
pertenencia a la CEE, posterior UE tras el Tratado de Maastricht de 1992, sin
demasiados problemas y, de hecho, Reino Unido firmó como los demás países
miembros la Constitución de 2005 (que nunca se llegó a poner en vigor) y el
Tratado de Lisboa, que precisamente fue el que estableció la posibilidad de
abandonar la UE.
El primer ministro
británico, David Cameron, del Partido Conservador, decidió convocar el
referéndum como soporte ante su cada vez más débil liderazgo en su propio
partido. La jugada le ha salido muy mal: al apostar por la permanencia y no
lograrla ha anunciado su dimisión, que se hará efectiva en octubre. Toma fuerza
en su partido Boris Johnson, ex alcalde de Londres y decidido partidario del
Brexit, que logra sus objetivos y puede ser su sucesor.
De esta manera, una
lucha por el poder ha llevado a la separación de Reino Unido de la UE. Eso sí,
no todas las regiones han votado lo mismo. Mientras que Inglaterra y Gales han
votado mayoritariamente el Brexit, Escocia e Irlanda del Norte han apostado por
la permanencia de manera clara, sobre todo la primera.
Se abre así otro
melón dentro de Reino Unido: la cuestión escocesa seguramente se reabrirá y
esta vez con un resultado afirmativo a la secesión. Muchos escoceses se
sentirán agraviados porque, por culpa de una mayoría de ingleses, queden fuera
de la UE. Como se ve en el siguiente mapa, absolutamente todos los condados de
Escocia han votado a favor de la permanencia. En total más del 65 % de los
escoceses.
En Irlanda del Norte
la diferencia ha sido menor: un 55 % a favor de la permanencia, con mayores
apoyos en los condados vecinos con Irlanda, claramente europeísta, y la
capital, Belfast. En Gales ha ganado el Brexit aunque sin una diferencia
abismal, y ha ganado la permanencia en su capital, Cardiff, y en algunas zonas
del país. Gibraltar por su parte ha votado casi por unanimidad permanecer en la
Unión al estar beneficiada de su vecindad con España (más de un 95 % de los
votos a favor de permanecer).
En realidad, ha sido
Inglaterra la que ha inclinado la balanza por el Brexit, como ya hemos
mencionado. Salvo algunas ciudades, en especial Londres, en donde la
permanencia ha ganado de manera clara y con diferencia, Inglaterra ha sido
decisiva en el abandono de la UE. Incluso regiones beneficiadas de fondos de
estructuración europeos como Cornualles (península al suroeste) han votado el abandono.
Por otro lado, el
referéndum ha revelado una brecha generacional y entre el campo y la ciudad. Las
zonas rurales han votado a favor de abandonar la Unión y las ciudades de
permanecer, aunque con menor movilización. Por otro lado, los mayores han
votado mayoritariamente a favor del Brexit y los jóvenes de permanecer. Así,
los abuelos han perjudicado gravemente el futuro de sus nietos: Reino Unido puede
tardar hasta una generación en sobreponerse de los efectos del abandono de la
UE.
Habrá que ver las
consecuencias de la retirada de la segunda economía de la UE del club pero de
momento no se han hecho esperar: las bolsas se han desplomado (un 12 % la
española, en la mayor caída de su historia) y el nerviosismo ha cundido a sus
anchas por la UE. Además, los ultraderechistas de toda Europa han exigido
referendos semejantes en sus países, en una deriva que llevaría al fin de la
UE.
En el otro extremo,
la izquierda ha considerado que el Brexit se debe a las políticas de austeridad
de la UE, pero todo indica que esto no es así: gran parte del electorado
favorable al Brexit lo ha hecho por temor a la inmigración y a perder su
identidad británica, eje de la campaña de los partidarios del Brexit.
En definitiva, el
Brexit es una muy mala noticia para la Unión Europea y un paso atrás para Reino
Unido, que decide empequeñecerse y cumplir los deseos de los ultras anti
europeos, de Donald Trump y de tiranos como Putin que preferían ver a la UE
debilitada y a Reino Unido comido en sus errores y problemas territoriales. La UE
ahora debe seguir adelante y frenar todo proceso que pueda conllevar el
debilitamiento de países miembros y, con ello, un nuevo “Exit” que lleve
definitivamente a la UE al abismo.



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