En los últimos
tiempos está surgiendo una polémica en lo referente a los símbolos monárquicos que
tenemos en todas las ciudades españolas. España, salvo en dos intervalos
(1873-1874 y 1931-1975), siempre ha sido una monarquía, de muy diferente signo
según la época.
Actualmente el Estado
se organiza como una monarquía parlamentaria descentralizada en entidades con
diferente grado de autonomía. Por tanto, el rey de España apenas tiene poderes,
que le reconoce la Constitución de 1978: jefatura del Estado, máxima representación
del mismo en el extranjero, jefatura de las Fuerzas Armadas y poco más. Designa
al candidato a presidente, que es elegido por las Cortes, y solo puede convocar
elecciones generales si ningún candidato es elegido (situación actual, por
ejemplo). Quien ejerce el poder ejecutivo en España es el gobierno, como en
cualquier república.
A la alcaldesa de Barcelona,
Ada Colau, de la coalición de izquierdas Barcelona en Comú (ligada a Podemos y
a otros partidos), no le gusta la monarquía y está en su derecho de ser
republicana, como cualquier otro ciudadano ya que vivimos en una democracia en
la que se puede tener diversidad de opiniones, como no puede ser de otra
manera.
Sin embargo, la
ideología personal no debe interferir en la representación que todo alcalde
debe a los ciudadanos y ciudadanas de su municipio, en este caso
Barcelona. Y tampoco debe interferir para transformar la ciudad en un municipio
totalmente libre de simbología monárquica en un país, España, que, quiera o no,
sigue siendo un Reino.
A esto se suma que
eliminar la simbología monárquica (calles, plazas, bustos e incluso obras de
arte como lienzos o pinturas) supone también eliminar vestigios de nuestro
pasado y de nuestra Historia, que es la que es. Podría haber sido mejor o peor,
pero los hechos sucedieron así y España, como ya he mencionado, ha sido casi
toda su Historia una monarquía e incluso los Condados Catalanes medievales
tenían organización monárquica aunque no hubiera un rey hasta la creación de la
Corona de Aragón en el siglo XII.
Por otro lado, ser republicano e
incluso proclamar una república en un país no supone en absoluto eliminar la
simbología monárquica. El republicanismo cívico de verdad se preocupa de crear
un Estado que funcione, no en borrar su pasado y su simbología. Eso se entendió
perfectamente en países vecinos como Portugal o Italia, en donde permanecen las
estatuas de reyes o los monumentos en su honor en las ciudades.
Lisboa, capital
portuguesa, tiene en lugar destacado estatuas de importantes reyes de Portugal,
parte de su historia colectiva. En la Praça do Comercio, la principal de la
ciudad, destaca la estatua del rey José I. También en el centro lisboeta
destaca la plaza dedicada al rey Pedro IV, llamada comúnmente Rossio, y que
también tiene una estatua del rey en lo alto de una columna. Próxima a esta se
sitúa la Praça da Figueira con otra estatua de un rey, en este caso Joao I.
Praça do Comercio, con José I en su centro.
Praça da Figueira, Lisboa.
En la segunda ciudad
del país, Oporto, también hay muestras de este tipo con una escultura del rey
Pedro IV en la principal plaza de la ciudad, la de Libertade. Y han tenido
tiempo para quitarlas si hubiesen sido tan intransigentes como Colau: Portugal
lleva siendo una república desde 1910.
Praça da Libertade, en Oporto.
Otro caso cercano,
Italia, mantiene el nombre del rey Víctor Manuel II a un enorme monumento en
Roma en su conmemoración, construido en los años 20. En Italia se proclamó la
república en 1946.
El monumento a Víctor Manuel II, en Roma.
Por último, en
Francia, república por excelencia, ya que lleva con dicho sistema de gobierno
desde 1870, el edificio en el que se reúne la Asamblea Nacional francesa se
llama todavía Palacio Borbón, en recuerdo a la dinastía que reinó en Francia
hasta 1830.
El Palacio Borbón, sede de la Asamblea Nacional francesa.
Por tanto, se puede
ser republicano y no por ello borrar toda muestra monárquica o del pasado del
país, pues ello solo demuestra una profunda ignorancia e intransigencia.



No hay comentarios:
Publicar un comentario