sábado, 16 de abril de 2016

Un republicanismo cívico, no intransigente



En los últimos tiempos está surgiendo una polémica en lo referente a los símbolos monárquicos que tenemos en todas las ciudades españolas. España, salvo en dos intervalos (1873-1874 y 1931-1975), siempre ha sido una monarquía, de muy diferente signo según la época. 

Actualmente el Estado se organiza como una monarquía parlamentaria descentralizada en entidades con diferente grado de autonomía. Por tanto, el rey de España apenas tiene poderes, que le reconoce la Constitución de 1978: jefatura del Estado, máxima representación del mismo en el extranjero, jefatura de las Fuerzas Armadas y poco más. Designa al candidato a presidente, que es elegido por las Cortes, y solo puede convocar elecciones generales si ningún candidato es elegido (situación actual, por ejemplo). Quien ejerce el poder ejecutivo en España es el gobierno, como en cualquier república. 

A la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, de la coalición de izquierdas Barcelona en Comú (ligada a Podemos y a otros partidos), no le gusta la monarquía y está en su derecho de ser republicana, como cualquier otro ciudadano ya que vivimos en una democracia en la que se puede tener diversidad de opiniones, como no puede ser de otra manera. 

Sin embargo, la ideología personal no debe interferir en la representación que todo alcalde debe a los ciudadanos y ciudadanas de su municipio, en este caso Barcelona. Y tampoco debe interferir para transformar la ciudad en un municipio totalmente libre de simbología monárquica en un país, España, que, quiera o no, sigue siendo un Reino. 

A esto se suma que eliminar la simbología monárquica (calles, plazas, bustos e incluso obras de arte como lienzos o pinturas) supone también eliminar vestigios de nuestro pasado y de nuestra Historia, que es la que es. Podría haber sido mejor o peor, pero los hechos sucedieron así y España, como ya he mencionado, ha sido casi toda su Historia una monarquía e incluso los Condados Catalanes medievales tenían organización monárquica aunque no hubiera un rey hasta la creación de la Corona de Aragón en el siglo XII. 

Por otro lado, ser republicano e incluso proclamar una república en un país no supone en absoluto eliminar la simbología monárquica. El republicanismo cívico de verdad se preocupa de crear un Estado que funcione, no en borrar su pasado y su simbología. Eso se entendió perfectamente en países vecinos como Portugal o Italia, en donde permanecen las estatuas de reyes o los monumentos en su honor en las ciudades. 

Lisboa, capital portuguesa, tiene en lugar destacado estatuas de importantes reyes de Portugal, parte de su historia colectiva. En la Praça do Comercio, la principal de la ciudad, destaca la estatua del rey José I. También en el centro lisboeta destaca la plaza dedicada al rey Pedro IV, llamada comúnmente Rossio, y que también tiene una estatua del rey en lo alto de una columna. Próxima a esta se sitúa la Praça da Figueira con otra estatua de un rey, en este caso Joao I. 
 Praça do Comercio, con José I en su centro. 



 Praça da Figueira, Lisboa.

En la segunda ciudad del país, Oporto, también hay muestras de este tipo con una escultura del rey Pedro IV en la principal plaza de la ciudad, la de Libertade. Y han tenido tiempo para quitarlas si hubiesen sido tan intransigentes como Colau: Portugal lleva siendo una república desde 1910. 
 Praça da Libertade, en Oporto.

Otro caso cercano, Italia, mantiene el nombre del rey Víctor Manuel II a un enorme monumento en Roma en su conmemoración, construido en los años 20. En Italia se proclamó la república en 1946. 
 El monumento a Víctor Manuel II, en Roma. 

Por último, en Francia, república por excelencia, ya que lleva con dicho sistema de gobierno desde 1870, el edificio en el que se reúne la Asamblea Nacional francesa se llama todavía Palacio Borbón, en recuerdo a la dinastía que reinó en Francia hasta 1830. 

El Palacio Borbón, sede de la Asamblea Nacional francesa.


Por tanto, se puede ser republicano y no por ello borrar toda muestra monárquica o del pasado del país, pues ello solo demuestra una profunda ignorancia e intransigencia.

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