La Edad Media, esos
aproximadamente mil años que han marcado de manera muy importante la Historia
de Occidente, también nos dieron las palabras felonía y felón, que actualmente
no son casi utilizadas en el lenguaje común del castellano.
Según el diccionario
de la Real Academia Española la felonía es “deslealtad, traición, acción fea”,
y el felón es el adjetivo “que comente una felonía” y procede del francés felón
(cruel, malvado). Por tanto, su connotación negativa es evidente en ambos
idiomas.
Su origen se remonta
al feudalismo, sistema político, económico y social que existió durante varios
siglos de la Edad Media, principalmente entre los siglos X y XIII y sobre todo
en Europa Occidental. En el mismo, el rey estaba en la cúspide de la pirámide
social pero su poder era reducido, ya que tan solo tenía plena autoridad en los
territorios gestionados directamente por él, mientras que en el resto de su
reino eran sus señores vasallos los que ejercían directamente el control. Estos
señores estaban sometidos a su rey por un juramento de fidelidad pero en sus
feudos podían hacer y deshacer con casi plena voluntad, llegándose a expedir
moneda propia en cada feudo. Por tanto, el rey en el feudalismo era en realidad
el “primus inter pares”, el primero pero entre iguales. Además, cada señor
feudal podía tener a su vez otros vasallos, creándose una red de dependencias
compleja y que iba descendiendo según el poder y estatus del señor feudal.
Rito del Homenaje, por el que el vasallo juraba fidelidad a su señor. Tenía una parte oral y otra gestual (imagen).
Ahora bien, si un
vasallo de un señor se atrevía a romper su juramento de fidelidad pasaba a
cometer una felonía, un grave delito al romper su compromiso. Y así, conectamos
con nuestra historia: un felón, es decir, un traidor, llegó a ser rey de
España.
Ese rey no es otro
que Fernando VII, hijo de Carlos IV (también bastante inútil) y nieto de un
gran rey como fue Carlos III. Su carácter traicionero ya lo demostró cuando
conspiró en 1808 para derrocar a su propio padre incentivando el Motín de
Aranjuez, que propició la abdicación de Carlos IV y que Fernando asumiera la
corona. Sin embargo, poco estuvo esa corona en su cabeza, ya que en este
contexto fue cuando, en virtud del Tratado de Fontainebleau, los franceses
entraron en España supuestamente para ocupar entre ambos países Portugal. No obstante,
lo que era en teoría un ejército amigo pasó a comportarse como un invasor y, en
medio de la tensión, Fernando VII fue llamado por el emperador francés,
Napoleón, que se propuso como árbitro en la disputa entre padre e hijo.
Retrato de Fernando VII (San Lorenzo de El Escorial, 1784-Madrid, 1833), rey de España en 1808 y de 1813 a 1833.
Napoleón, muy astuto,
engañó a ambos y los convocó en la ciudad francesa de Bayona, muy cerca de la
frontera con España. Allí los tenía atrapados y les obligó a abdicar a favor de
sí mismo quien, a su vez, abdicó en su hermano José, y le nombró de esta manera
rey de España. Los españoles, que habían visto con indignación cómo la familia
real era trasladada a Francia, se sublevaron contra la ocupación francesa de
manera más o menos simultánea a estos hechos y, cuando tuvieron conocimiento de
la retención de Fernando VII en Bayona y del nombramiento de un francés como
rey de España, esa sublevación se tornó en una cruenta guerra contra Francia:
la Guerra de la Independencia.
Esta guerra,
enmarcada en el contexto general de las Guerras Napoleónicas en Europa, duró
hasta 1813 y dejó al país extenuado y destrozado. Casi toda España fue ocupada
por los franceses y solo Cádiz, por su estratégica posición, resistió el empuje
francés, reuniéndose allí las Cortes, que redactaron la primera constitución de
la Historia de España: la de 1812, apodada popularmente La Pepa.
La conjunción de
españoles con el apoyo imprescindible de británicos (aunque ellos dicen que lo
hicieron todo ellos solos en lo que denominan Peninsular War) y portugueses, hizo que los últimos restos del ejército
francés abandonaran la Península en 1814 y que se firmara el Tratado de
Valençay, por el que Napoleón reconoció como rey de España a Fernando VII,
permitiéndole volver a casa.
Así fue, Fernando
volvió a Madrid en 1813 e inició su reinado definitivo. Tras años de guerra,
los españoles le apodaron “el deseado”, esperando que su reinado fuera
próspero. Se equivocaron. Fernando VII volvió a hacer honor a ser felón, esta
vez traicionando a su pueblo al abolir la constitución redactada en Cortes por
ser claramente liberal y pretender él gobernar de manera absoluta como sus
predecesores. Y así fue, abriendo paso al Sexenio Absolutista, seis años de
represión contra los liberales y contra los que se le opusieron. Esta situación
facilitó que las colonias americanas buscasen con más ímpetu aún su
independencia.
En 1820 un
pronunciamiento militar por parte del coronel Rafael del Riego le obligó a
acatar la constitución de 1812, lo cual hizo a regañadientes y sin resignarse a
poder recuperar su poder absoluto. Solo tres años duró el liberalismo, ya que
en 1823, apoyado en la Santa Alianza europea, un ejército llamado los Cien Mil
Hijos de San Luis (irónicamente era francés) repuso en el poder absoluto a
Fernando VII.
El resto de su
reinado (que, por suerte, no fue de los más largos de nuestra Historia) fue
absolutista (Década Ominosa) pero al final de su vida se abrió a tímidos
cambios y a iniciar una lenta reconciliación con los liberales debido
básicamente a que los necesitaba: solo había tenido dos hijas, y la mayor,
Isabel, era su heredera en contra de los deseos de los elementos más
conservadores del país encabezados por su hermano, Carlos María Isidro. Así,
permitió a su hija reinar a su muerte derogando la Ley Sálica pero no pudo
evitar que su sucesión se manchara de sangre al iniciarse una guerra civil
entre carlistas e isabelinos. Todo un rey Felón: reinó traicionando primero a
su padre y luego a su pueblo, reprimió como un tirano a los liberales, no evitó
la independencia de la mayor parte de las colonias y ni siquiera pudo dejar un
país unido a su muerte. Peor, imposible.



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