viernes, 26 de febrero de 2016

El rey Felón



La Edad Media, esos aproximadamente mil años que han marcado de manera muy importante la Historia de Occidente, también nos dieron las palabras felonía y felón, que actualmente no son casi utilizadas en el lenguaje común del castellano. 

Según el diccionario de la Real Academia Española la felonía es “deslealtad, traición, acción fea”, y el felón es el adjetivo “que comente una felonía” y procede del francés felón (cruel, malvado). Por tanto, su connotación negativa es evidente en ambos idiomas. 

Su origen se remonta al feudalismo, sistema político, económico y social que existió durante varios siglos de la Edad Media, principalmente entre los siglos X y XIII y sobre todo en Europa Occidental. En el mismo, el rey estaba en la cúspide de la pirámide social pero su poder era reducido, ya que tan solo tenía plena autoridad en los territorios gestionados directamente por él, mientras que en el resto de su reino eran sus señores vasallos los que ejercían directamente el control. Estos señores estaban sometidos a su rey por un juramento de fidelidad pero en sus feudos podían hacer y deshacer con casi plena voluntad, llegándose a expedir moneda propia en cada feudo. Por tanto, el rey en el feudalismo era en realidad el “primus inter pares”, el primero pero entre iguales. Además, cada señor feudal podía tener a su vez otros vasallos, creándose una red de dependencias compleja y que iba descendiendo según el poder y estatus del señor feudal. 

Rito del Homenaje, por el que el vasallo juraba fidelidad a su señor. Tenía una parte oral y otra gestual (imagen).


Ahora bien, si un vasallo de un señor se atrevía a romper su juramento de fidelidad pasaba a cometer una felonía, un grave delito al romper su compromiso. Y así, conectamos con nuestra historia: un felón, es decir, un traidor, llegó a ser rey de España. 

Ese rey no es otro que Fernando VII, hijo de Carlos IV (también bastante inútil) y nieto de un gran rey como fue Carlos III. Su carácter traicionero ya lo demostró cuando conspiró en 1808 para derrocar a su propio padre incentivando el Motín de Aranjuez, que propició la abdicación de Carlos IV y que Fernando asumiera la corona. Sin embargo, poco estuvo esa corona en su cabeza, ya que en este contexto fue cuando, en virtud del Tratado de Fontainebleau, los franceses entraron en España supuestamente para ocupar entre ambos países Portugal. No obstante, lo que era en teoría un ejército amigo pasó a comportarse como un invasor y, en medio de la tensión, Fernando VII fue llamado por el emperador francés, Napoleón, que se propuso como árbitro en la disputa entre padre e hijo. 

Retrato de Fernando VII (San Lorenzo de El Escorial, 1784-Madrid, 1833), rey de España en 1808 y de 1813 a 1833.


Napoleón, muy astuto, engañó a ambos y los convocó en la ciudad francesa de Bayona, muy cerca de la frontera con España. Allí los tenía atrapados y les obligó a abdicar a favor de sí mismo quien, a su vez, abdicó en su hermano José, y le nombró de esta manera rey de España. Los españoles, que habían visto con indignación cómo la familia real era trasladada a Francia, se sublevaron contra la ocupación francesa de manera más o menos simultánea a estos hechos y, cuando tuvieron conocimiento de la retención de Fernando VII en Bayona y del nombramiento de un francés como rey de España, esa sublevación se tornó en una cruenta guerra contra Francia: la Guerra de la Independencia. 

Esta guerra, enmarcada en el contexto general de las Guerras Napoleónicas en Europa, duró hasta 1813 y dejó al país extenuado y destrozado. Casi toda España fue ocupada por los franceses y solo Cádiz, por su estratégica posición, resistió el empuje francés, reuniéndose allí las Cortes, que redactaron la primera constitución de la Historia de España: la de 1812, apodada popularmente La Pepa. 

La conjunción de españoles con el apoyo imprescindible de británicos (aunque ellos dicen que lo hicieron todo ellos solos en lo que denominan Peninsular War) y portugueses, hizo que los últimos restos del ejército francés abandonaran la Península en 1814 y que se firmara el Tratado de Valençay, por el que Napoleón reconoció como rey de España a Fernando VII, permitiéndole volver a casa. 

Así fue, Fernando volvió a Madrid en 1813 e inició su reinado definitivo. Tras años de guerra, los españoles le apodaron “el deseado”, esperando que su reinado fuera próspero. Se equivocaron. Fernando VII volvió a hacer honor a ser felón, esta vez traicionando a su pueblo al abolir la constitución redactada en Cortes por ser claramente liberal y pretender él gobernar de manera absoluta como sus predecesores. Y así fue, abriendo paso al Sexenio Absolutista, seis años de represión contra los liberales y contra los que se le opusieron. Esta situación facilitó que las colonias americanas buscasen con más ímpetu aún su independencia. 

En 1820 un pronunciamiento militar por parte del coronel Rafael del Riego le obligó a acatar la constitución de 1812, lo cual hizo a regañadientes y sin resignarse a poder recuperar su poder absoluto. Solo tres años duró el liberalismo, ya que en 1823, apoyado en la Santa Alianza europea, un ejército llamado los Cien Mil Hijos de San Luis (irónicamente era francés) repuso en el poder absoluto a Fernando VII. 

El resto de su reinado (que, por suerte, no fue de los más largos de nuestra Historia) fue absolutista (Década Ominosa) pero al final de su vida se abrió a tímidos cambios y a iniciar una lenta reconciliación con los liberales debido básicamente a que los necesitaba: solo había tenido dos hijas, y la mayor, Isabel, era su heredera en contra de los deseos de los elementos más conservadores del país encabezados por su hermano, Carlos María Isidro. Así, permitió a su hija reinar a su muerte derogando la Ley Sálica pero no pudo evitar que su sucesión se manchara de sangre al iniciarse una guerra civil entre carlistas e isabelinos. Todo un rey Felón: reinó traicionando primero a su padre y luego a su pueblo, reprimió como un tirano a los liberales, no evitó la independencia de la mayor parte de las colonias y ni siquiera pudo dejar un país unido a su muerte. Peor, imposible.

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