Hoy es 2 de mayo y se conmemora el famoso
levantamiento del pueblo de Madrid de ese día del año 1808, cuando los
madrileños se rebelaron contra los invasores franceses después de meses de
extrema tensión. Comenzaba así la Guerra de la Independencia (llamada
Peninsular War por los británicos, para quienes la guerra en España fue una
parte más de las Guerras Napoleónicas en el conjunto del continente), que se
prolongaría hasta finales de 1813 y los primeros meses de 1814 con una
estrepitosa derrota francesa.
Ese acontecimiento del 2 de mayo de 1808, recogido
en la mentalidad popular por su heroicidad, fue elegido por la Comunidad de
Madrid como su día regional. La provincia de Madrid se constituyó en Comunidad
autónoma por “interés nacional”, como permite la Constitución, debido a no
tener un carácter histórico o cultural propio pero sí grandes diferencias
económicas y demográficas con el resto de lo que hasta entonces había sido
Castilla la Nueva, que pasó a llamarse Castilla-La Mancha.
Así, hubo que crear una comunidad desde cero, con
símbolos propios y una cierta identidad. Su administración tuvo como precedente
la antigua Diputación de Madrid, que tenía como bandera un paño verde con el
escudo de la provincia en el centro, que mostraba a su vez los símbolos de los
partidos judiciales primigenios que había en Madrid, como los de Alcalá de
Henares o Aranjuez además de la misma capital.
Cuando se nombró el primer gobierno de la
comunidad, con Joaquín Leguina como presidente, se eligió a José María Cruz
Novillo para diseñar los nuevos símbolos madrileños. Tanto bandera como escudo
cambiaron radicalmente. La bandera pasó de ser verde a ser roja carmesí,
expresándose así el carácter castellano de la nueva comunidad. En el centro
tiene siete estrellas blancas de cinco puntas alineadas en dos hileras, con
cuatro arriba y tres abajo (y no al revés como alguna vez he visto). La
proporción de la bandera es de tres de largo por dos de ancho.
Cada estrella representa a una de las estrellas de
la Osa Mayor, que se puede observar desde la Sierra de Guadarrama y dominaba
los cielos del antiguo concejo medieval de Madrid. Asimismo, las siete
estrellas tienen cinco puntas debido a que son cinco las provincias que limitan
con Madrid: Segovia, Ávila, Toledo, Cuenca y Guadalajara. Las estrellas
aparecen también en el escudo de la capital, del que fueron tomadas.
En cuanto al escudo, tiene un solo cuartel de
gules (rojo) y en él dos castillos a la misma altura, aclarados de azur y sobre
ellos las siete estrellas blancas de cinco puntas que aparecen en la bandera. Al
timbre, corona real cerrada y forrada de gules. Los dos castillos hacen referencia a la posición
de Madrid entre las dos Castillas y las estrellas de nuevo a la Osa Mayor. Así,
el escudo tampoco tiene nada que ver con el anterior de la provincia de Madrid.
Finalmente, se eligió como Día de la Comunidad de
Madrid el 2 de mayo por el hecho histórico ya mencionado, y se redactó un himno
que, al contrario que la bandera y el escudo, ampliamente reconocidos, nadie
conoce.
El presidente regional Joaquín Leguina encargó su
redacción al filósofo Agustín García Calvo, quien aceptó el encargo por el
simbólico precio de una peseta. Esta es su letra:
|
Yo estaba en el medio:
giraban las otras en corro,
y yo era el centro.
Ya el corro se rompe,
ya se hacen Estado los pueblos,
Y aquí de vacío girando
sola me quedo.
Cada cual quiere ser cada una:
no voy a ser menos:
¡Madrid, uno, libre, redondo,
autónomo, entero!
Mire el sujeto
las vueltas que da el mundo
para estarse quieto
|
Yo tengo mi cuerpo:
un triángulo roto en el mapa
por ley o decreto
entre Ávila y Guadalajara,
Segovia y Toledo:
provincia de toda provincia,
flor del desierto.
Somosierra me guarda del Norte y
Guadarrama con Gredos;
Jarama
y Henares
al Tajo
se llevan el resto.
Y a costa de esto,
yo soy el Ente Autónomo último,
el puro y sincero.
¡Viva mi dueño!,
que, sólo por ser algo,
¡soy madrileño!
|
Y en medio del medio,
Capital de la esencia y potencia,
garajes, museos,
estadios, semáforos, bancos,
y vivan los muertos:
¡Madrid, Metrópoli, ideal
del Dios del Progreso!
Lo que pasa por ahí, todo pasa
en mí, y por eso
funcionarios en mí y proletarios
y números, almas y masas
caen por su peso;
y yo soy todos y nadie,
político ensueño.
Y ése es mi anhelo,
que por algo se dice:
De Madrid, al cielo
|




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