lunes, 5 de mayo de 2014

La Península de los Cinco Reinos



Aunque suene ligeramente a Juego de Tronos, este es el nombre con el que se denomina comúnmente en historiografía a los cinco núcleos que existieron en la Península Ibérica entre los siglos XIII y XV y, de hecho, es interesante porque es un término que ya se utilizó en esa época por lo que no es una denominación a posteriori (como Reconquista, por ejemplo, que data del siglo XIX).

Al final de la Alta Edad Media, alrededor del siglo X, el territorio cristiano de la Península estaba formado por el reino asturleonés (cuyo núcleo original había sido Covadonga y desde allí se había ido expandiendo por lo que hoy en Asturias y después Galicia y León), el condado de Castilla (independizado de León con Fernán González), el reino de Pamplona (que incluía no solo Navarra sino también Aragón y los condados de Sobrarbe y Ribagorza) y los condados orientales catalanes, que aún dependían directamente de los francos.

En la zona musulmana destaca la existencia de un poderoso Estado unitario, primero emirato y desde 929 califato, con plenos poderes de la dinastía Omeya. En 1031, después de años de pugnas, se desintegra surgiendo multitud de pequeños reinos llamados de taifas. Es entonces cuando en la zona cristiana se da un proceso evolutivo y los núcleos comentados se reducen a cinco: el Reino de Portugal, el Reino de Castilla, el Reino de León, el Reino de Navarra y la Corona de Aragón. El término “los cinco reinos” hace referencia al principio a estos cinco reinos cristianos pero, con la unificación definitiva de Castilla y de León en 1230 pasa a incluirse posteriormente al Reino de Granada como quinto reino, después de que las taifas fueran derrotadas una a una.

La constitución de estos cinco reinos no será sencilla ya que entre los reyes de la época había una concepción puramente patrimonial de sus reinos, lo que motivaba que, a la muerte de un monarca, éste repartiese sus territorios entre sus hijos, impidiendo así el mantenimiento de Estados estables. Esto perdura hasta el siglo XIII, cuando se recoge por escrito que la sucesión pasa íntegra al hijo primogénito y, en caso de morir éste, al siguiente en edad. Si solo tenía hijas, le sucedía la mayor y, en caso de muerte, la siguiente en edad como en los varones. Sin embargo, en Navarra y Aragón las mujeres podían heredar el trono, pero no ejercer el poder, lo cual hacía el bajulus, un hombre que solía ser su marido o tutor. En los condados orientales catalanes las mujeres directamente no podían heredar y solo en Castilla y Portugal podían gobernar por sí solas, aunque hubo pocos casos (ejemplo, Urraca de Castilla).
Por último, en caso de que el rey muriese sin hijos, le sucedían sus hermanos o hermanas (con prioridad a los hombres). Y en caso de no haber ningún heredero posible, el cargo era elegido por la nobleza, en una cierta reminiscencia de la monarquía electiva visigoda. 

REINO DE NAVARRA

Desde el año 1087 el reino de Pamplona pasa a llamarse de Navarra. Al comenzar el siglo XI es el reino cristiano más importante, durante el reinado de Sancho III el Mayor. Este rey además controlaba el primitivo Aragón y era conde consorte de Castilla. Sin embargo, como ya hemos visto, a su muerte siguió la tradición y repartió el reino entre sus hijos: Navarra, Aragón, Castilla y los condados de Sobrarbe y Ribagorza. Con esta división acaba la hegemonía de Navarra pero en 1076 volvió a unirse a Aragón pero después de una conjura que coloca al rey de ese territorio como rey también de Navarra, por lo que ésta pasaba a tener una relación de dependencia y no de dominancia.
El 1134 muere Alfonso I de Aragón sin descendencia y los nobles navarros eligen como rey a García IV el Restaurador.

A partir de entonces Navarra inicia su historia independiente de los demás reinos pero con fuertes influencias de ellos ya que queda encajonado entre fuertes vecinos: Castilla, Aragón y Francia. Mantendrá la independencia de facto hasta 1515, cuando es anexada por Castilla, aunque mantendrá su condición de reino hasta la década de 1830.

CORONA DE ARAGÓN 

 A la muerte de Alfonso I el Batallador, los nobles de Aragón eligen como su sucesor a Ramiro II, su hermano. Éste era monje  pero a pesar de ello los nobles le eligen como rey. Para ello deja los hábitos y se casa para tener heredero. Fruto de esa unión nace una hija, Petronila. Esto causa un problema porque Ramiro no quería ser rey y había retomado los hábitos. Como en Aragón las mujeres no podían gobernar, se la busca un marido que actúe de bajulus. Así, se firma un compromiso matrimonial entre Petronila, entonces aún un bebé, con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y de otros condados catalanes (ya independientes de los francos). Éste comienza a gobernar Aragón como bajulus. Este matrimonio será el que una de manera definitiva Aragón y los condados catalanes a pesar de que Ramón Berenguer IV nunca fue rey de Aragón (la reina nominal era Petronila). El hijo de ambos ya heredó todos los territorios. Esta unión es solo dinástica porque cada zona mantendrá sus leyes, lenguas, moneda, etc, dando lugar a la tan compleja Corona de Aragón.


CORONA DE CASTILLA Y LEÓN 

Entre los siglos XI y XIII hubo interés de unir ambos reinos y, de hecho, hubo dos unificaciones fallidas hasta que en 1230 quedan definitivamente unidos bajo reinado de Fernando III el Santo.
Primero, Fernando I, hijo de Sancho III el Mayor, quien había heredado Castilla, pasó a ser rey consorte de León uniendo ambos reinos por primera vez hasta que a su muerte se repartieron los territorios. El segundo intento fue inmediatamente posterior ya que en el reparto los hermanos entrarán en guerra y el superviviente, Alfonso VI, conseguirá ambos reinos en una unión que se mantuvo hasta 1157 con Alfonso VI, Urraca I y Alfonso VII como reyes. A la muerte de este último volvieron a dividirse por reparto (como se ve, esta tradición pesaba mucho).

En 1217 muere el rey Enrique I de Castilla y le sucede Berenguela, su hermana, quien renuncia a ser reina y da sus derechos a su hijo Fernando III, uno de sus hijos con el rey de León, Alfonso IX. A la muerte de éste en 1230, Fernando III hereda también León y así se produjo la unión definitiva. Al principio cada reino mantuvo sus leyes y Cortes pero, poco a poco, se fueron fusionando y ya en el siglo XIV no había distinciones entre ellos.

REINO DE PORTUGAL

Desde finales del siglo IX los territorios al sur del río Miño del reino asturleonés  se convirtieron en un condado llamado Portucale (por la ciudad de Porto). Al frente había un conde a las órdenes del rey de León.

A mediados del siglo XI comenzó ciertas tendencias separatistas que se concretaron en 1095, cuando Alfonso VI entregó el condado a Enrique de Borgoña, en recompensa por su lucha contra el Islam como cruzado. Además, le casa con su hija Teresa, quien aportará como dote el condado portugués. El matrimonio apoyará al rey leonés a cambio de una autonomía cada vez mayor y será con su hijo, Alfonso Enríquez, el que a partir de 1139 comienza a usar el título de rey. La oposición inicial de Alfonso VII de Castilla y León cede cuando Enríquez acepta ser su vasallo, que perdurará hasta 1179, cuando en rey portugués deja de ser vasallo de su vecino para serlo solo del Papa y así garantizar su plena independencia.

REINO DE GRANADA

Se formó en la tercera fase de reinos de taifas, después de la derrota de los almohades frente a los cristianos. Lo fundó Ibn al-Ahmar en 1232 y lo expandió desde Arjona hacia las actuales provincias de Granada, Jaén, Málaga, Almería y parte de Cádiz trasladando pronto su capital a Granada.

Es curioso cómo este reino (o, mejor dicho, emirato, ya que su líder era un emir de la dinastía nazarí) sobrevivió hasta 1492 como último reducto musulmán en la Península. Ello se debió a varios factores: por su situación geográfica en parte montañosa y en parte con valles muy fértiles, que le garantizaban poder exportar productos y conseguir fondos para pagar tributo de vasallaje a los cristianos; por su intensa actividad diplomática, con la que se convirtieron en vasallos de Castilla y León pagando grandes parias (tributos) que llegaban a 300.000 monedas de oro anuales; y por el apoyo de los benimerines, pueblo bereber del norte de África, con el que comerciaba y con el que obtenía ayuda militar. Los benimerines no intentaron conquistar la Península, como sí hicieron en el pasado almorávides y almohades. Por último, la supervivencia de Granada también se debió a la crisis de la Baja Edad Media, que afectó duramente a Castilla. 

Nota: Para la redacción de este post me he ayudado de mis apuntes de la asignatura La Formación de las Sociedades Hispánicas (Siglos V-XV). Para más información: cesar_valleinclan@hotmail.com

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