viernes, 22 de febrero de 2013

La anexión de Portugal (1580)



 Actual escudo de Portugal

Lo primero que hay que aclarar a la hora de tratar la etapa en la que el Reino de Portugal estuvo integrado bajo la misma Corona que el resto de la Península Ibérica (1580-1640), es que nunca se trató de una unificación política de todos los reinos peninsulares sino de una unión dinástica.

La anexión fue un complejo largo y complejo que finalizó en 1580 con Felipe II (1527-El Escorial, 1598) asumiendo la Corona portuguesa como Felipe I. Esto supuso que todos los territorios peninsulares pasasen a tener un mismo rey pero en absoluto fue una unión política ya que todos los reinos mantenían sus propias instituciones, leyes y tradiciones. De hecho, Castilla y Aragón seguían manteniendo sus propias Cortes en 1580 aunque desde época de los Reyes Católicos tuviesen un mismo Rey (salvo el breve paréntesis de Felipe el Hermoso y Juana I en Castilla mientras que Fernando II el Católico continuaba como rey de Aragón).

La unión de España y Portugal es aún hoy un asunto a veces susceptible para los portugueses aunque el paso de los siglos ha ido mitigando los recelos del país vecino y la Historia de ambas naciones ha tomado rumbos muy distintos en constantes ocasiones.

Sea como fuere, la unión dinástica de 1580 a 1640 debe estudiarse desde el momento en el que Portugal se convirtió en un reino independiente de Castilla y de León en el S. XI. Un pariente de doña Constanza de Borgoña, esposa de Alfonso VI, llamado Enrique, se casa con una hija del rey, Teresa, y es enviado a gobernar lo que entonces era Portugal (sólo el norte del actual Estado. El nombre Portugal proviene de la ciudad de Oporto). Gobernó como un conde dependiente de Alfonso VI. Sin embargo, cincuenta años después, hacia 1143, su hijo, Alfonso Enríquez, es reconocido como rey, aunque feudatario de Alonso VII de Castilla.

En los siglos siguientes continuaron las relaciones amistosas. Los matrimonios entre ambos reinos eran comunes pero el sentimiento de independencia también fue creciendo a lo largo de los siglos. El historiador Claudio Sánchez-Albornoz consideró que en contra de toda lógica geográfica, étnica, histórica o religiosa hay un corte horizontal en la Península Ibérica, aunque, eso sí, con una cierta colaboración abierta. 


Los sucesivos matrimonios hicieron que Manuel I el Afortunado, rey de Portugal (1469-1521), se casase con María, hija de los Reyes Católicos. De ésta tuvo a Isabel, quien se casó a su vez con Carlos I, padre de Felipe II. Por tanto, Felipe II recibió Portugal por vía materna.
También por estos matrimonios nació el último rey de Portugal de la dinastía Avis, Don Sebastián, apodado el Deseado, y origen de la problemática de la anexión al morir sin descendencia.

Estaba en plena relación con su tío, Felipe II, quien intentó ayudarle incluso mandándole un médico para estudiar su impotencia. Pese a esto, la “bárbara consanguinidad” (en palabras de Gregorio Marañón) hacía imposible la posible descendencia de don Sebastián de Avis.

En una expedición de conquista alocada, Sebastián intentó ocupar militarme Marruecos desoyendo los consejos de Felipe II, quien cedió ante la susceptibilidad de los portugueses que pensaban que el rey las Españas quería hacerse con el posible éxito de la empresa. La muerte de Sebastián en la expedición abrió el debate sucesorio que se cerró rápidamente al elegirse como nuevo rey al infante-cardenal don Enrique, hermano de Juan III, padre del fallecido Sebastián. Era un anciano poco conocido pero no un rey extranjero.
El paréntesis de don Enrique duró sólo dos años tras los cuales volvió a abrirse el problema sucesorio en Portugal.

El primero en la lista de candidatos era Felipe II, como hijo de Isabel de Portugal, hija mayor del rey Manuel el Afortunado, como se indicó anteriormente. Otro candidato fue Manuel Filiberto de Saboya, hijo de la hermana menor de Isabel. Los otros candidatos tenían menos posibilidades y entre ellos destacaba incluso un nieto de Manuel I ilegítimo.

Los apoyos en Portugal variaban. El recelo ante el rey Felipe II era evidente. Portugal era entonces un país dividido, sumido, aún habiendo pasado dos años, en una dolorosa derrota en Marruecos, y que padecía hambrunas casi endémicas.

Felipe II mandó a Portugal a dos personas de su confianza para conseguir apoyos a su candidatura. Varias universidades y obispos le ofrecieron su apoyo pero Felipe II decidió que un ejército cerca de la frontera era aún más convincente en sus pretensiones, como así fue. El objetivo no era entrar como un rey conquistador sino como un rey legítimo en plenitud de poder. 


El pretexto para ocupar Portugal fue la proclamación por parte de los rebeldes como rey del bastardo nieto de Manuel I. Felipe II acudió a Portugal con un ejército de unos 20.000 hombres dirigido por el viejo duque de Alba. Felipe II acudió al reino acompañado de la reina consorte Ana y con varios infantes. El objetivo de esto fue dar la impresión de que no iba a Portugal a la guerra sino con la familia hacia la capital de uno de los reinos de la Corona.

La campaña es un éxito aunque en medio de ella el rey Felipe II tiene que hacer frente a dos pérdidas personales: la muerte de su esposa la reina Ana y de su hijo primogénito el infante Diego por lo que no le quedará otro sucesor que el futuro Felipe III.

En abril de 1581 las Cortes portuguesas de Tomar le eligen rey de Portugal a los cincuenta y tres años. La integración de Portugal en la Monarquía Hispánica no será sencilla. A ello habría que sumarle los resentimientos del pasado y los recelos de los portugueses. Según el historiador portugués Alfredo Pimenta “los portugueses no eran hostiles a Felipe II y hasta les era simpático; y lo hubieran aceptado gustosos como rey privativo suyo; pero lo que aborrecían era su absorción por Castilla, de la cual los separaban años y siglos de guerras y luchas por distintos ideales”. Felipe II intentó vencer esos recelos retirando las tropas castellanas y estableciendo una separación formal y efectiva de Portugal aunque es evidente que la supremacía castellana continuaría. No habría impuestos para Castilla, las rutas comerciales con sus colonias permanecerían intactas, etc. Sin embargo, estas inteligentes políticas llevadas a cabo por Felipe II no se continuaron con el gobierno de sus sucesores y la independencia se haría efectiva en 1640 tras una rebelión general tras el intento del Conde-Duque de Olivares de centralizar todos los reinos por la Unión de Armas.
 
El intento de unir todos los reinos peninsulares ya había sido una obsesión con los Reyes Católicos (si bien no en el reinado de Carlos I, más ocupado en las tierras de sus antepasados borgoñones y alemanes) y Felipe II lo consiguió a base de una política adecuada respetando la identidad portuguesa. Fue por ello por lo que la unión dinástica perduró sesenta años hasta que, las equivocaciones tanto de Felipe III como de Felipe IV y sus validos, sumados a una identidad lusa muy fuerte que no había desaparecido, hicieron que el intento de mantener unidos  todos los reinos peninsulares se disolviera en la Historia hasta el día de hoy.


BIBLIOGRAFÍA

CABRERA DE CÓRDOBA, Luis. Historia de Felipe II. Salamanca: Junta de Castilla y León (1998)
VACA DE OSMA, José Antonio. Carlos I y Felipe II frente a frente. Madrid: Ediciones Rialp (1998)
VVAA. Atlas de Historia del Mundo. Barcelona: Parragon Books (2006)


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[Fecha de consulta: 7 de mayo de 2012]



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